LA HIPOCRESÍA DE LOS MERCADERES EUROPEOS

Cuánto vale una vida humana, y cien y mil. Lo más valioso, decimos cuando pensamos en ello o algo insignificante cuando lo ignoramos.1

La muerte violenta forma parte de nosotros y solo en las sociedades en las que la educación ha sido capaz de crear normas que regulan nuestros instintos y facilitan la convivencia hemos sido capaces de rechazarla y de sentirnos seguros.

Pero, ¿cuánto vale nuestra seguridad?, ¿cuántas vidas hay que comprar para poder seguir viviendo en una isla de paz ajena al desastre que nos rodea? Apenas quince días después de que la sangre inocente manchara las calles de París, los líderes europeos se reúnen en la traumatizada Bruselas, no para mostrar su firmeza sino para disimular sus miserias negociando el precio de su inestabilidad.

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EL MAESTRO DEL AGUA, UNA MIRADA MAS ALLA DE GALLIPOLI

Cuando las luces se apagan y la sala queda a oscuras nadie nos impide viajar a los lugares soñados y vivir pasiones extremas. Es la magia del cine la que nos permite atravesar el tiempo para compartir un pasado que nos es ajeno pero que, por un instante, hacemos nuestro. Para los que amamos la Historia una película bien hecha es uno de los mejores instrumentos que podemos encontrar para alcanzar ese sueño que a todos nos atormenta alguna vez, vivir lo imposible, volver al pasado para conocerlo de verdad.

Hoy he salido de la sala satisfecho después de dos horas de compartir una historia de dolor y de pasión que nos ha acercado una vez más a la centenaria realidad de la Primera Guerra Mundial. Independientemente de la críticas que los expertos cinéfilos puedan hacer a los méritos de la primera película de un actor metido a director como Russell Crowe, o del edulcorado guión que entre el horror de la guerra y los odios incontestables de los enemigos, introduce una poco creíble historia de amor interracial, El Maestro del Agua, me ha gustado.

Los países construyen sus mitos convirtiendo los horrores de su pasado en nobles historias de heroísmo y superación, por eso, aunque pueda parecer sencillo, aprovechar el centenario de una historia para recrearla, expresar dignamente la realidad de una derrota que se celebra como símbolo de unidad nacional no debe ser fácil, sobre todo para un neozelandés.

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EL ALTAR DE ZEUS, DE PÉRGAMO AL CORAZÓN DE BERLÍN

1Muy cerca del Egeo, en la provincia de Esmirna, a unos 100 Kms. de lo que hoy es la capital de la República Turca, se encuentra Bergama, una pequeña población situada en un promontorio al norte del río Bakir Cay, que en sus entrañas esconde uno de los tesoros de la Cultura Clásica, la antigua ciudad de Pérgamo.

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KURDOS, LA ESPERANZA DE OCCIDENTE

1En estos tiempos en los que el horror se ha instalado en nuestras casas con imágenes atroces de verdugos enmascarados decapitando sin piedad a hombres indefensos cuyos rostros recuerdan demasiado al que vemos todas las mañanas cuando nos cruzamos con nuestro vecino, una palabra, el nombre de un pueblo, se repite con frecuencia utilizado como bálsamo para nuestra tranquilidad y como solución para parar tanta barbarie, KURDOS, ellos serán los que van a luchar y parar con nuestra ayuda a los salvajes islamistas que nos amenazan y que parecen haber salido de la nada.

El gran jefe americano, mientras promete a su pueblo que no volverá a cometer el error de mandar a morir a más jóvenes yankees a aquellas inhóspitas tierras, pone toda su confianza en los valientes guerrilleros peshmergas (“aquellos que luchan contra la muerte”), a los que él y sus aliados van a dotar de todo el armamento que sea necesario (España, hace unos días ha mandado un montón de cascos y chalecos antibalas),mientras los aliados occidentales utilizarán sus sofisticados medios para matar desde la distancia con sus drones y sus cohetes de largo alcance.

Con una guerra quirúrgica acabaremos con el peligro que amenaza la estabilidad mundial.

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EL PODER DE UNA BANDERA

7Será porque soy ciudadano de frontera  entre Castilla y el  País Vasco o porque vivo en un país que nunca ha sabido cerrar heridas por lo que seguramente siempre me ha costado identificarme con determinados símbolos. Nuestra generación no fue la que sufrió el empacho nacionalista de nuestros padres pero sí fuimos los que todavía besamos la bandera y desfilamos ante ella con uniforme militar. También a nosotros nos tocó ver cómo se la apropiaban los intransigentes y los que la utilizaban para defender unos valores trasnochados y retrógrados en el momento en que debía haber sido de todos.

Por eso, excepto en los eventos deportivos, en los que según algunos, hacemos el ridículo tarareando un himno silencioso, y que quizás nos evite la vergüenza de soltar soflamas impresentables que recogen las letras de muchos países, con poco agrado contemplo el ondear de la roja y gualda. En general, poco me atraen los emblemas nacionalistas, porque, lejos de unir, siempre son un elemento de exclusión.

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