RIBAGUDA O EL HECHIZO DE LA LIBÉLULA

Plácida y serena en un sueño eterno descansa sobre el lecho del río como si acabara de cerrar los ojos. Nunca he sabido cuándo llegó allí ni por qué eligió ese recodo perdido, a orillas del Zadorra para detenerse. Hoy he vuelto a visitarla y al contemplarla no he podido dejar de sentir cierta tristeza.

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Son bastantes los años, no sé cuántos, en los que acompañado por mis hijos, descubrí aquel mágico lugar del que alguien me había hablado. Los niños aquel día disfrutaron al descubrir los singulares seres nacidos de la roca que algún anónimo artista, como si de un dios se tratara, había sido capaz de crear. Ya entonces la pequeña sirena dormía arrullada por la corriente al amparo de su fiel delfín y de la rana gigante que velaban por ella.

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