DEL DEBER Y DEL VALOR

“El 18 de abril de 1911, verificándose un embargo en el pueblo de Canillas de Aceituno (Málaga). Excitados los ánimos, grupos de vecinos armados dirigiéndose al agente ejecutivo que huyó refugiándose en la casa-cuartel, donde entraron violentamente, dieron un golpe en la cabeza al guardia de puertas, dejándole sin sentido, y mientras unos sujetaban fuertemente al Cabo Francisco Puertas, otros le  dispararon ocasionándole 16 heridas de postas, algunas de ellas muy graves.

Quedaba sólo en el piso superior el Guardia primero Andrés Lupiánez Casas; la otra pareja de la dotación se hallaba de servicio de correrías. Inmediatamente el Guardia Lupiánez, desde la escalera, hizo fuego desalojando a los amotinados del portal, que quedó libre.

Con una sangre fría y serenidad dignas del mayor elogio, confió a dos mujeres el cuidado de los heridos, y a las demás con algún niño, les hizo atrancar  ventanas y puertas, situándolos después de vigilantes en diversos sitios y tomando todas las medidas encaminadas a la defensa, y concentrando las municiones de los demás junto a la puerta principal.

Iniciado el ataque se resistió valientemente, sin que pudieran entrar los revoltosos, a quienes causó unas 20 bajas entre muertos y heridos. Sólo en la puerta del cuartel se contaron más de 60 impactos de bala. Se le ascendió a Cabo, comunicándose las órdenes por telégrafo.”

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“UN RESPETO AL UNIFORME”

La culpa la tuvo el alcohol, néctar divino que desde antiguo usamos para desinhibirnos y obtener el valor que sobrios no poseemos. Son muchas las pócimas que utilizamos y en cada región tenemos la nuestra.

El zurracapote, sonoro y expresivo, describe con su nombre la esencia de una bebida que en La Rioja y en sus alrededores consumimos  puntualmente en Semana Santa. Especie de sangría muy azucarada y con toques de canela, necesita del reposo para una correcta elaboración.

Hoy en día, en tiempos de orden y domesticación, la industria se ha encargado de producirlo en masa y atraparlo en botellas.

Pero en nuestra no tan lejana niñez, su elaboración formaba parte de la fiesta y en todos los hogares las madres se afanaban con su receta particular, para conseguir su propio caldo que siempre se distinguía de los demás, ya fuera por su mayor o menor dulzura, su toque de canela y fruta o la cantidad de vino en la mezcla.

En cualquier caso, la visión de las cazuelas donde reposaba, antes de embotellarse y el aroma que impregnaba durante días la casa, era un regalo para nosotros que nos daba, muchas veces por primera vez, la oportunidad de probar aquel vino camuflado en dulzor que de otra manera nos era siempre negado.

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