EL MAESTRO DEL AGUA, UNA MIRADA MAS ALLA DE GALLIPOLI

Cuando las luces se apagan y la sala queda a oscuras nadie nos impide viajar a los lugares soñados y vivir pasiones extremas. Es la magia del cine la que nos permite atravesar el tiempo para compartir un pasado que nos es ajeno pero que, por un instante, hacemos nuestro. Para los que amamos la Historia una película bien hecha es uno de los mejores instrumentos que podemos encontrar para alcanzar ese sueño que a todos nos atormenta alguna vez, vivir lo imposible, volver al pasado para conocerlo de verdad.

Hoy he salido de la sala satisfecho después de dos horas de compartir una historia de dolor y de pasión que nos ha acercado una vez más a la centenaria realidad de la Primera Guerra Mundial. Independientemente de la críticas que los expertos cinéfilos puedan hacer a los méritos de la primera película de un actor metido a director como Russell Crowe, o del edulcorado guión que entre el horror de la guerra y los odios incontestables de los enemigos, introduce una poco creíble historia de amor interracial, El Maestro del Agua, me ha gustado.

Los países construyen sus mitos convirtiendo los horrores de su pasado en nobles historias de heroísmo y superación, por eso, aunque pueda parecer sencillo, aprovechar el centenario de una historia para recrearla, expresar dignamente la realidad de una derrota que se celebra como símbolo de unidad nacional no debe ser fácil, sobre todo para un neozelandés.

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