DE DOROTEO Y OTROS NOMBRES ALDEANOS

Un homenaje a mi abuelo y a nuestros orígenes aldeanos, escrito por la brillante pluma de mi tío Guillermo, desde Alemania.

“Mi padre nació y se crió en la Aldea del Pinar, de donde  no salió hasta que  le llamaron a filas. Luego, al igual que no pocos Aparicios,  se enroló en la Guardia Civil, aquel cuerpo  de policía con aquel gorro de tres picos llamado tricornio. La Guardia Civil se adornaba a sí misma con el honroso apelativo de “la Benemérita”.

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Mi  padre no volvió a la Aldea más que de visita. En esas ocasiones, y solo en esas, mi padre se vestía de paisano, de modo que yo apenas si le reconocía. Sin uniforme mi padre no era mi padre. Que era de pueblo no lo ocultó nunca, que yo sepa. Ni le hubiera servido de nada intentar ocultar su procedencia pueblerina, pues bastaba con que dijera su nombre para saber que le habían bautizado en un pueblo, en un pueblo de Castilla, de Castilla la Vieja.

El nombre de pila de mi padre era Doroteo. No Teodoro sino Doroteo. Los dos están tomados del griego  y los dos significan lo mismo: regalo de  los dioses. No por llamarse regalo de los dioses se tiene  garantizado el favor de los  dichos dioses, pues ya se sabe cuán caprichosos son esos seres que dicen ser inquilinos del Olimpo. Caprichosos y arbitrarios, es decir cuán humanos son los dioses, de modo que haremos muy bien en no fiarnos de sus dádivas, por muy Doroteo que nos llamen.

Fuera de mi padre no he conocido otro Doroteo que un hermano mío, o sea un hijo de mi padre, el cuarto de seis. Se llamaba Doroteo y le decíamos Doro. Dejó de llamarse Doroteo al hacerse fraile, pero para nosotros siguió siendo Doro. De fraile se llama Oswaldo. Oswaldo resulta exótico, tanto más cuanto que se escribe con una letra que no existe en castellano, que es la w. Oswaldo es exótico, sí, pero no de pueblo.  Así que Doroteos no conozco más que a mi padre, y a  mi hermano Doro, que no es Doroteo más que a medias o mutilado.

En cambio Teodoros he conocido a algunos. Recuerdo a Teodoro de la Cal y Teodoro Urrutia. En Alemania he conocido más Teodoros  que en España, si bien en Alemania se llaman Thodor y  se les suele decir Theo. La versión femenina de Doroteo sería Dorotea. Doroteas no conozco en España, aunque seguro que las hay. Pero seguro que no tantas como en Alemania,  donde se llaman Dorothee. Y es precisamente en el Quijote donde he descubierto una Dorotea, bella, de cuerpo robusto y de alma no menos robusta, con una inteligencia aguda y un siempre despierto sentido del humor.

Pero volvamos a la Aldea, donde llamarse como mi padre no es nada del otro mundo.

Canuto se llamaba el padre de mi padre, o sea mi abuelo paterno, a quien no tuve la suerte de conocer.  Por cierto, que no tuve la suerte de conocer a mis abuelos, ni a los maternos ni a los paternos.

León se llamaba un  hermano de mi padre, es decir un tío mío. Felisa se llamaba su mujer, y  una hija de mi tío León y de su mujer Felisa, es decir una prima  carnal mía, lleva el solemne y enigmático nombre de Patrocinio. No es, pues, de extrañar que le hayamos simplificado el nombre y la llamemos Patro.

Patro tenía un hermano que a mí me parecía grandísimo, que llevaba el enigmático nombre de Delfín. Que yo sepa, Delfín tiene dos significados: el juguetón mamífero marino que dicen ser muy inteligente, y el  heredero al trono de Francia. ¿Qué movería a mi tía Felisa y a su marido León a llamar DelfÍn a su hijo?

Mi prima Patro se casó con Serafín. Supongo que Patro no sabía que, al casarse  con un Serafin, se casaba con un ángel de cierta categoría. Supongo que sus padres le llamaron así sin saber que los serafines son ángeles de rango superior. Y yo puedo atestiguar que mi primo Serafín, sin ser un ángel, era un hombre lo que  se dice bueno. Patro y Serafín tuvieron tres hijas, pero a ninguna de ellas le pusieron un nombre aldeano o pueblerino.

Allá por el año 1991, viendo en la Aldea a los hombres jugar a la tuta, escuché un nombre tan enigmático como Coren. Me dijeron que el nombre completo era el sonoro y extraño nombre de Corentino. Consulté los diccionarios y me enteré de que el tal Corentino era un anacoreta bretón que vivió en el siglo V y fue uno de los fundadores de la diócesis de Quimper en Bretaña  Y cuenta la leyenda que, mientras estuvo viviendo de anacoreta, venía cada día a visitarle un pez, al que Corentino le cortaba una tajada, con lo que se alimentaba. Lo bueno del asunto es que al pez se le reproducía enseguida el trozo que el anacoreta le había cortado. Y yo me sigo preguntando cómo llegó a llamarse Corentino quien nació entre los pinares de la Sierra.

Sus hijos llevan nombres no exóticos, como Julián, con quien comparto en Alemania la condición de medios parientes que nace de nuestra relación con la Aldea.

Hay en mi parentela por parte de mi padre un nombre que se lleva la palma por lo extraño. Quinicio. Primo carnal mÍo, hijo de mi tío Pedro, hermano de mis primos Evelio y Onésimo, nombres estos que, aunque no puedan competir en originalidad con su hermano Quinicio, no desentonan: Quinicio, Evelio y Onésimo, un trío insuperable.

Mi parentela materna lleva nombres más ciudadanos que pueblerinos. Sólo conozco una excepción, pero una excepción que se las trae. Acisclo se llamaba el marido de mi tía Elena, hermana de mi madre. El  tío Acisclo murió muy joven, de modo que no conocí más que su nombre. Un nombre que se las trae.

Seguro que en la tierra de pinares hay muchos más nombres originales y pintorescos. Buscarlos, encontrarlos y saborearlos es un placer. Ni más ni menos.”

2 (1)G. Aparicio

 

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