UNA HERIDA ABIERTA EN EL CORAZON DE BUDAPEST

1Rendir cuentas no siempre es fácil, y cuando en algunos lugares se intentan cerrar heridas en falso, aprovechando que el paso del tiempo parece que lo esconde todo, las cosas no salen siempre como el que las planifica había previsto.

Hoy, paseando por Budapest, nos podemos encontrar con una fea cicatriz, que lejos de dejar atrás la página que se pretendía pasar, nos remueve la conciencia y pone de manifiesto el daño que se puede hacer cuando se intenta manipular el pasado.

No es casualidad que el actual gobierno de Hungría, de marcado carácter conservador, haya aceptado el diseño del impresionante memorial que se colocó, hace casi dos años, en la Plaza de la Libertad, para conmemorar el setenta aniversario de la ocupación del país por las tropas alemanas.

2Con él también se quería homenajear, en teoría, a las víctimas que se produjeron a partir de ese momento, la mayoría judíos, como consecuencia de las deportaciones masivas hacia los campos de exterminio.

El monumento, polémico desde su instalación la noche del 20 de julio de 2014, escenifica el ataque del águila imperial alemana, anillada  con el año 1944 sobre el Arcángel San Gabriel, que con el orbe en la mano, simboliza a la inocente Hungría.

Ante las protestas y disturbios que se produjeron desde la mañana siguiente a su aparición en la Plaza, Víctor Orbán, Primer Ministro del gobierno húngaro, declaró que “la interpretación histórica del monumento es precisa e inmaculada”, afirmando que sin la ocupación alemana los crímenes contra el pueblo judío jamás se hubieran producido.

Meses más tarde, en la conmemoración del 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, donde una de cada tres víctimas fue húngara, matizó sus palabras declarando que “no tuvimos amor ni decisión cuando tendríamos que haber ayudado” y reconoció que “fueron muchos los húngaros que eligieron el mal en vez del bien, lo vergonzoso en vez de lo honesto”.

En cualquier caso, con la representación de este monumento, se intenta eximir de un plumazo, la responsabilidad de un país que se puso del lado de los nazis desde el primer momento.

Un país que ya en 1920, cuando en Alemania el NSDAP de Adolf Hitler era un embrión del partido recién fundado, aprobaba leyes racistas y discriminatorias, como la de númerus clausus, que con la finalidad de limitar la influencia de los judíos en la sociedad húngara, prohibía que más de un 6% de los alumnos de centros universitarios fueran de origen hebreo. A ésta le siguieron otras de marcado carácter antisemita hasta confluir con las que sus aliados alemanes dictaban.

Si bien es cierto que, a pesar de cumplir con las políticas del Reich, el gobierno húngaro evitó las deportaciones masivas hasta la ocupación alemana de 1944, cuando lo hizo colaboró de forma tan eficaz que sorprendió a los propios verdugos germanos, que con la ayuda entusiasta de los miembros del Partido de La Cruz Flechada húngaro, fueron capaces, en pocos meses, de enviar a cerca de medio millón de personas a las cámaras de gas de Auschwitz.

Aunque no todos siguieron aquel siniestro camino, y muchos acabaron sumergidos en las aguas del Danubio con un tiro en la cabeza o amontonados en el patio de la sinagoga en el interior del Gueto, como para vergüenza del impresentable monumento de la Plaza de la Libertad, nos recuerdan no muy lejos de allí, los zapatos abandonados en la orilla del río o el impresionante cementerio en el patio de La Gran Sinagoga de Budapest.

Verdades históricas innegables que han provocado un movimiento de indignación y repulsa espontáneo que hoy se traduce en el homenaje paralelo que, frente a la marcialidad de las columnas clásicas del monumento estatal, se alza con dignidad a lo largo de una cicatriz alambrada que se abre sobre el asfalto de Budapest, y a través de la que en un impresionante cúmulo de imágenes y recuerdos, gritan las víctimas para impedir que su recuerdo se intente acallar por una infame versión oficial.

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