LA HIPOCRESÍA DE LOS MERCADERES EUROPEOS

Cuánto vale una vida humana, y cien y mil. Lo más valioso, decimos cuando pensamos en ello o algo insignificante cuando lo ignoramos.1

La muerte violenta forma parte de nosotros y solo en las sociedades en las que la educación ha sido capaz de crear normas que regulan nuestros instintos y facilitan la convivencia hemos sido capaces de rechazarla y de sentirnos seguros.

Pero, ¿cuánto vale nuestra seguridad?, ¿cuántas vidas hay que comprar para poder seguir viviendo en una isla de paz ajena al desastre que nos rodea? Apenas quince días después de que la sangre inocente manchara las calles de París, los líderes europeos se reúnen en la traumatizada Bruselas, no para mostrar su firmeza sino para disimular sus miserias negociando el precio de su inestabilidad.

Una cumbre con Turquía, 3.000 millones para acallar la conciencia y una hipócrita visión de un problema que nadie sabe atajar. Pagamos para que no vengan los refugiados y pagamos a uno de los cómplices de que la sangre no deje de correr.

En una desesperada  carrera por parar el terremoto que tambalea nuestros cimientos se toman decisiones como éstas. En palabras del “insigne estadista” que gobierna nuestro país, el objetivo de esta medida es clarísimo, “que los problemas se resuelvan allí donde tengan lugar”. Ingenuo o ignorante, pero viniendo de un presidente de gobierno como el nuestro, simplemente normal.

La realidad es que la satisfecha sonrisa del representante turco rodeado de los pretenciosos magnates europeos define bien la situación de debilidad en la que nuestra burguesa e hipócrita sociedad se encuentra.

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Europa es la cuna del mercantilismo y esa egoísta búsqueda de la riqueza nos ha llevado durante siglos a extendernos por el mundo con la prepotencia del que se cree superior.

Hemos exportado nuestro sistema y nuestros valores a todo el mundo haciéndonos dueños de otras tierras. Con nuestra semilla, hemos levantando filiales de nuestros países allí donde las condiciones eran más favorables, o bien las hemos explotado y abandonado a su suerte una vez que han dejado de sernos útiles.

Nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a los hijos de este continente y a sus herederos instalados al otro lado del Océano Atlántico, somos responsables del conflicto global que hemos creado y de las consecuencias de las que no podemos escapar. Alimentar a un país como Turquía para que se responsabilice de aquellos que huyen del infierno que ellos mismos están instigando es como pagar al verdugo para que alimente al reo que va a ejecutar.

El mensaje perverso que Erdogan lanzó la semana pasada derribando un avión ruso se ve reforzado con decisiones cobardes como ésta. El gobierno turco tiene las manos manchadas de sangre y todo el mundo sabe que gran parte de la financiación que da vida al mal llamado fenómeno terrorista que nos amenaza, proviene del petróleo que atraviesa sus fronteras. Pero todo sea por nuestra seguridad, por no seguir viendo terribles imágenes en nuestras fronteras y alejar de nosotros el horror y la vergüenza que nos hacen sentir. Pagando a otros carceleros acallamos nuestras conciencias y ocultando el problema nos olvidamos de él.

Nadie ha pensado que cada uno de esos euros que regalamos al satisfecho turco se puede volver contra nosotros y que cesiones de este tipo son lo más parecido a un chantaje. Confiamos y esperamos que otros nos resuelvan los problemas y que nuestros hijos no tengan que ir a enfrentarse al monstruo para no verles morir. Negando la evidencia, reprimiendo y encerrando a los que huyen, solo conseguiremos alimentar a la bestia.

En esos campos en los que los turcos contendrán a la masa que nos amenaza solo germinará la semilla del odio y tarde o temprano habremos de enfrentarnos a lo que nuestros ojos no quieren ver. Nuestra debilidad es su fuerza y por mucho que nos blindemos no podremos escapar de la realidad perversa que hemos creado.

¿Alguien piensa que nuestros “hermanos musulmanes” que atracan sus yates en Marbella y para los que trabajamos con orgullo construyendo sus megalómanas obras en medio del desierto, no aspiran a ver nuestra pecaminosa sociedad destruida?

Seguiremos jugando al gato y al ratón mientras las élites de uno y otro lado se enriquecen pero, al final, la alianza de civilizaciones en la que creía aquel ingenuo que un día nos gobernó, mostrará su auténtica cara y, como desde el principio de los tiempos, la sangre que intentamos ignorar nos acabará ahogando.

¡Ojalá me equivoque!

TURQUÍA SIRIA CONFLICTO

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