TRAS LOS MUROS DE LA FE

1Muchos son los imponentes edificios que pueblan nuestras ciudades hoy abandonados o dedicados a múltiples usos, antaño semilleros de vocaciones religiosas. Seminarios y noviciados que en las décadas que siguieron a la Guerra Civil, se vieron desbordados por el fervor religioso que fomentaba  el nacional catolicismo y la necesidad de muchas familias que vieron en las instituciones religiosas la única posibilidad de formar a sus hijos.

Hace unos días he tenido la ocasión de hacer una parada en Orduña, pintoresca ciudad vizcaína que tiene el privilegio de albergar uno de los centros religiosos con más historia de la que, fundada por Ignacio de Loyola, es sin duda la vanguardia del catolicismo español, La Compañía de Jesús.

El hoy “Colegio Nuestra Señora de la Antigua”, perteneciente a la Congregación de San José, inició su andadura el 18 de octubre de 1678 cuando los representantes del pueblo de Orduña se reunieron con el provincial de los jesuitas para aceptar un legado de Don Juan de Urdanegui, hijo de esta ciudad, virrey de Perú y marqués de Villafuente. Cinco años después comenzaría la construcción del edificio y a lo largo de los siglos se convertiría en centro de referencia en la educación de Vizcaya.

Por allí pasaron algunos de los personajes más significativos del Nacionalismo Vasco, como los hermanos Arana, Luis y Sabino y el que fuera Lehendakari, José Antonio Aguirre. A partir de 1937, sus puertas se abrieron durante dos años para ser testigo de la reclusión y el sufrimiento de miles de prisioneros republicanos hasta el final de la guerra. Y, posteriormente, volvió a reabrirse para  acoger de nuevo a los retoños de jesuitas que poblaron sus salas hasta principios de los años sesenta en que la Compañía lo abandonó para siempre.

2Pero mi visita a Orduña no fue casual, en realidad acompañé a uno de aquellos jóvenes que en los años cincuenta, durante dos años permaneció entre sus muros intentando convencerse de que él era uno de los elegidos por Dios. Cincuenta y seis años después, mi querido tío Guillermo ha querido volver desde Alemania, país que le acogió hace 45 años, para recordar. Allí se marchó cuando su razón despertó del letargo y decidió seguir su camino alejado de la fe.

Hoy quiero atravesar esos muros con vosotros para volver la vista atrás y con los ojos cansados del que un día fuera joven novicio, revivir el duro proceso que con férrea disciplina y sacrificio intentaba convertir a simples muchachos en jesuitas sabios, santos y sanos, para formar con ellos la élite de los elegidos, la vanguardia de la Compañía de Jesús.

Os invito a leer este capítulo de la biografía de un hijo de guardia civil que iba para santo y se quedó en el camino.

7 de septiembre de 1957 a 8 de septiembre de 1959

Orduña

Era Orduña un pueblo grande con título de ciudad, perdido casi en el centro de un valle circular amplísimo, donde cae a pico la meseta, donde se despeña el Nervión. Y donde, por primera vez en mi vida, gocé del espectáculo siempre cambiante y siempre placentero de unas laderas pobladas de bosques de hayas, de verde tierno en primavera, de verde oscuro en verano, de lila y carmín y ocre en otoño, amenazadoramente oscuras en invierno.

Hasta la expulsión de los jesuitas durante la República había estado allí el internado para hijos de familias bien de Bilbao. Entre sus glorias se contaba nada menos que el legendario Lendakari José Antonio Aguirre. Pero ésto nadie lo contaba abiertamente. Los iniciados en el secreto aprovechaban a que estuviéramos solos para indicarnos furtivamente con el dedo un muchacho que aparecía en una de las fotos de grupo que colgaban en el vestíbulo de lo que fue colegio, aquellas típicas fotos de la promoción del año tal y tal. Saber aquello daba una extraña sensación de subversivo.

Una vez vueltos a España, a la parte ya dominada por Franco, durante la guerra, los jesuitas habilitaron aquel antiguo internado para noviciado y juniorado de la provincia jesuítica de Castilla Occidental que incluía las provincias administrativas de Burgos, Valladolid y Segovia, Álava y Vizcaya. Guipúzcoa y Navarra, junto con Logroño y parte de Aragón formaban la provincia de Castilla Oriental. Nunca mejor dicho aquello de que ancha es Castilla.

Siguieron los años de las vacas gordas. Cada provincia jesuítica contaba con su propio noviciado y todos los noviciados estaban de bote en bote. Por el imperio hacia Dios y por Dios hacia el imperio. Una simbiosis que llenó monasterios y conventos y seminarios y casas religiosas.

Estamos, pues, en un caserón sombrío que bien pudiera ser un cuartel o una cárcel, con un comedor enorme de mesas largas y largos bancos sin respaldo. Se llamará refectorio. En el refectorio hay un púlpito desde donde a diario, mientras se come y se cena, se leen libros edificantes y también se ensayan sermones, sermones que a veces provocan la hilaridad de aquella inmensa comunidad, que más de una vez nos hará pensar que es una comunidad infantilizada o cuartelizada o ambas cosas a la vez. Los novicios ríen mucho y no siempre sin causa. Como aquella noche, durante la cena, cuando el novicio Jerónimo González, alias Jeromo, explicaba la parábola del vecino que, en plena noche, llama a tu puerta para pedirte pan prestado.: “Imagínate que tú ya estás en cama, tu mujer y tus hijos también. Ya estáis dormidos cuando alguien te aporrea la puerta. Es un vecino a quien le ha llegado visita imprevista y le ha pillado sin pan. Tu vecino viene a pedirte pan, en plena noche, cuando ya todos estáis en la cama. ¡Qué embarazo para tu mujer!” La carcajada debió de oírse en Roma.

Hay otra gran sala en aquel caserón conventual o cuartelero o ambas cosas, otra gran sala donde los novicios duermen y donde pasan buena parte del día. Está esa gran sala dividida en compartimentos que llaman camarillas. Son compartimentos de chapas de madera, abiertos por arriba, cerrados por delante con una cortina blanca corrediza. El suelo, de madera, con innumerables resquicios y rincones, parece no disgustarles a las chinches y a las pulgas. En las celdas o camarillas hay lugar para un camastro de hierro con un colchón de lana abotargada y un somier hundido por el centro. Hay además un lavabo de hierro con una jarra y una palangana de porcelana. El agua la cogen los novicios en un cuarto donde están los retretes y una pila grande con agua corriente. En la camarilla no hay agua corriente ni silla ni mesa ni armario. Tampoco hay una luz propia. Junto a la ventana, tiene cada novicio una silla, un banquillo para arrodillarse y un pupitre como en la escuela.

La cortina sólo se cierra para dormir la siesta y para dormir por la noche. Se acuestan a toque de campana y se levantan a toque de campana. Un par de veces por semana, antes de acostarse, una vez que se han puesto el pijama, han cerrado la cortina y se han apagado las luces, el bedel de turno, el único autorizado a llevar un reloj, se da un latigazo con la disciplina y todos comienzan a darse latigazos. Treintaitres y no más. En el culo, no en la espalda. La disciplina ha de doler, sí, pero no ha de perjudicar a la salud. Todos empiezan a la vez, pero no todos acaban al mismo tiempo. Hay quienes se dan latigazos a toda prisa, como quien quiere acabar pronto, y hay quienes se dan los latigazos lentamente, concienzudamente, diríase que con placer.

La disciplina es una especie de pulpo hecho de cuerdas ásperas, con un mango y con nudos en las puntas. Las disciplinas las hacen los novicios mismos durante la hora de oficios manuales. También hacen cilicios. Un cilicio es un erizo metálico, una especie de cinturón de alambres puntiagudos que se ajusta al muslo, se ata con unas cuerdas y que produce un dolor agudo, sobre todo al andar, y que no es raro que aquellos alambres cortantes se claven en el muslo de la víctima y la hagan sangrar. Pero entonces hay que dejarlo hasta que se curen las heridas, pues lo que se pretende con aquel instrumento truculento es que duela, no que atente contra la salud. No olvidemos que el jesuita ha de tener tres eses: sabio, santo y sano. Sano, lo más sano posible, para servir a Dios sirviendo a los hombres o viceversa, pero sano, para poder siempre trabajar a pleno rendimiento. Ignacio no fundó una orden mendicante ni mucho menos contemplativa. Ignacio organizó una milicia, un batallón en continuo batallar. Eso exige salud. La disciplina, el cilicio y los ayunos – que también los hay – son para el capitán Ignacio cosas secundarias, medios para mantener a raya las pasiones y para sufrir un poco con Jesús, que tanto sufrió por nosotros.

Nuestro noviciado constaba de dos años, a diferencia de la mayor parte de las órdenes y congregaciones, a quienes les bastaba con un año para realizar sus ritos de iniciación. Y a diferencia de todas aquellas órdenes y congregaciones, al final de aquellos dos años de iniciación hacíamos nada menos que votos perpetuos, no simplemente temporales. Aquello nos hacía sentirnos muy orgullosos, pues los votos perpetuos eran a nuestros ojos mucho más valiosos y auténticos que los temporales, votos de segunda categoría, como de segunda categoría era en el terreno de la vida religiosa todo lo que no fuera jesuita. Y hasta hoy sigo pensando que aquella idea nuestra de ser más, que no mejor que el resto de las órdenes y congregaciones, no andaba tan descaminada, pues a lo largo de los años pude comprobar que, aun no siendo necesariamente una suerte eso de que a uno le viniera la vocación religiosa, fue al menos una suerte el que esa vocación me llevara a los jesuitas y no a los franciscanos o pasionistas, pongo por caso, por no decir nada de los capuchinos o carmelitas, que de los dominicos prefiero no hablar, pues bien conocida es la eterna rivalidad entre ambas órdenes, aunque bien quisiera decir que me parece impensable que una orden declaradamente humanista como la de los jesuitas hubiera podido nunca hacerse cargo del monstruo de la Inquisición. Tuve suerte en la desgracia, si de desgracia puede hablarse en este caso mío.

Conmigo entraron al noviciado de Orduña 22 más, la mitad provenientes, como yo, de la escuela apostólica de Durango, la otra mitad de colegios de pago, sobre todo de familias bien de Bilbao. En total éramos más de cuarenta los novicios que íbamos para padres. No recuerdo ni por aproximación cuántos eran los novicios que iban para hermanos, pues poco teníamos que ver con ellos. Dormíamos aparte, comíamos en el mismo comedor, aunque separados, oíamos misa también aparte. Ellos hacían los trabajos de cocina, lavandería, vaquería, huerta, limpieza… Nosotros limpiábamos lo nuestro, servíamos a la mesa y lavábamos la vajilla, no las ollas y las sartenes. Ya nosotros mismos no olíamos muy bien, pues en aquellas pesadas sotanas que no nos quitábamos más que para dormir, sudábamos de lo lindo y ducharse ni era fácil ni costumbre. Pero ellos, los que iban para hermanos, tenían su olor peculiar. “Ya huele usted a coadjutor”, me dijo con un gesto de reconocimiento el Padre Maestro cuando entré en su cuarto durante aquel par de semanas en las cuales compartíamos la vida y los trabajos de los otros novicios, los que no iban para padres, que oficialmente llamábamos coadjutores. Además de un tufo propio tenían ellos también un maestro de novicios propio. También una vez muertos tenían su sitio aparte: En el cementerio a los padres y estudiantes los enterraban en nichos, arriba, a los hermanos abajo, en el suelo. Por muy ufano que me sintiera por haber tenido el raro privilegio de haber sido elegido por Dios para practicar el único amor perfecto, cual es el amor universal y puramente espiritual, los domingos por la noche se me tambaleaba todo aquel edificio tan bien tramado y construido de motivaciones y sublimaciones: Justo delante del noviciado estaba la plaza del pueblo. Y justo en aquella plaza con soportales había música y baile los domingos por la noche, hasta bastante tarde, de modo que la música y el baile estaban en su mejor momento cuando nosotros nos acostábamos. Desde aquella camarilla o celda celibataria, solo y silencioso en aquel camastro virtuoso escuchaba yo la música barata y sensual que me desgarraba el alma, mientras me imaginaba plásticamente a aquellos chicos y a aquellas chicas de mi edad bailando, agarraditos y apretaditos, a solas yo con mi juventud sacrificada y sublimada pero viva y ardiente, en aquella camarilla celibataria, en aquella cama celibataria, hoy y mañana y siempre, en aquella vida celibataria, hoy y mañana y siempre … ¿Qué de extraño tiene que yo temiera y odiara aquellas noches de domingo, como siempre odié‚ mientras fui célibe, las tardes de domingo? En el noviciado se nos ponía a prueba. Prueba suficiente era la vida diaria, pero a lo largo de aquellos dos años se nos sometía a tres grandes pruebas.

La primera era un mes completo de ejercicios espirituales, treinta días enteritos medita que medita, reza que reza, sin hablar con nadie. La segunda era un mes entero trabajando de enfermero o auxiliar en un hospital, cuidando a los enfermos más abandonados y pobres. A mí me tocó el Hospital de Santiago en Vitoria. No lo sentí como prueba, sino como liberación. Y un placer de dioses fue la que se llamaba prueba de peregrinación, cuatro semanas en el mes de septiembre caminando de pueblo en pueblo por la Tierra de Campos, durmiendo cada noche en un pueblo distinto, pidiendo lo justo, y nada más que lo justo para comer, pues para cenar no teníamos problemas: bastaba con dejarnos obsequiar, en el pueblo donde recalábamos al atardecer, por el cura de turno o la familia del Padre Tal o el Hermano Cual, feliz de poder obsequiarnos a nosotros, ya que no podían obsequiar a su hijo, hermano o tío. Cuando llamábamos a una puerta para pedir algo de comer, aquellos campesinos no podían comprender que aquellos frailes jóvenes pudieran andar pidiendo: “Ustedes deben de ser de una orden muy pobre, no como los jesuitas…” Nosotros nos presentábamos como “miembros de la Compañía de Jesús”. Pasadas aquellas semanas en libertad la vuelta al noviciado me resultó mucho más dolorosa que la primera entrada, un año antes, pues ahora sabía lo que me esperaba. Desde aquel día puedo imaginarme un poquito lo que ha de significar entrar en una cárcel para quedarse.

Nuestro horario en Orduña estaba reglamentado al minuto, de la mañana a la noche. Sólo a mediodía teníamos cinco minutos de tiempo libre. El día lo pasábamos meditando y haciendo examen de la meditación y examen de conciencia, rezando el rosario, oyendo lecturas espirituales, haciendo lecturas espirituales, escuchando las explicaciones de las reglas de la orden, oyendo misa, aprendiendo un poco de latín y haciendo un poquito de trabajos manuales. Comíamos mucho – entre otras razones quizás porque siempre, salvo en las grandes fiestas, comíamos en silencio, pero quizás comíamos mucho porque necesitábamos una compensación para nuestras represiones. Comíamos mucho y bien y bebíamos un buen vino, que no faltaba ni a mediodía ni a la cena. Semanalmente nos decíamos las culpas y defectos en público, en una especie de tribunal popular, más grotesco que macabro, al que íbamos compareciendo por turno.

Después de la comida y después de la cena podíamos conversar paseando de arriba abajo y de abajo arriba, de tres en tres. Aquellas ternas venían señaladas desde arriba y cambiaban cada semana. Llevábamos las manos metidas en las mangas de la sotana- meterlas en los bolsillos era una gran falta – y en voz comedida hablábamos de temas edificantes. Aquella especie de pausa o recreo se llamaba quiete, que a mí muy poco me aquietaba. Cuando el reloj de la torre daba las horas completas teníamos que interrumpir la conversación y la marcha para rezar a la Virgen, y cuando la campana del patio señalaba el fin de aquello que se llamaba quiete y que a mí bien poco me aquietaba, teníamos que interrumpir la conversación tan abruptamente, que era obligado interrumpir la palabra comenzada. Después de la quiete del mediodía echábamos la siesta, obligatoriamente, como cuando era niño. Si siempre había odiado la siesta. Ahora la odiaba mucho más, odiaba la siesta visceralmente, porque después de la siesta se me iba por un rato la vocación y tenía que pelear denodadamente por recuperarla. Al despertarse de la siesta odiaba al mundo y a la humanidad entera. Y, lo que es mucho peor, al despertarse de la siesta conventual había perdido la vocación. No lograba encontrarla. Sólo quería irse, irse lejos de aquel caserón y de aquella celda odiosa, estrecha, impersonal, solitaria, irse adonde pudiera acostarse cuando quisiera acostarse y levantarse cuando quisiera levantarse. Irse adonde las personas fueran masculinas y femeninas, adonde las personas se besaran y se abrazaran y se dijesen cosas bonitas, irse adonde las personas hablaran entre sí si les venían las ganas de hablar y callaran cuando quisieran callar; irse adonde pudiera tratar de tú a sus amigos y a sus iguales; irse adonde no tuviera que estar cada dos por tres en la capilla, horas enteras de rodillas, horas enteras intentando rezar, es decir intentando hablar con un Dios que nunca estaba, (Ayer soñé que veía / a Dios y que a Dios hablaba. / Y soñé que Dios me oía. / Después soñé que soñaba.) meditando, o buscando y rebuscando en sus acciones y en sus omisiones errores y faltas y hasta pecados… Irse lejos, donde no tuviera que salir de paseo cuando se lo mandaran y con los dos novicios que le pusieran de terna durante toda una semana, ni tener que hablar con ellos de cosas edificantes, ni ser amable con ellos aunque le resultaran insoportables… Irse adonde no le censuraran las cartas que escribía, que eran muy pocas y pidiendo permiso, ni las cartas que recibía, que eran aún menos… Irse adonde no tuviera que rezar el rosario y murmurar aquella inable letanía, adonde pudiera desayunar, comer y cenar hablando si quería y callando si no quería … Interminable lista de cuanto echaba de menos y de más en aquella vida que él había escogido libremente porque Dios le había obligado a escogerla libremente.

Los martes, jueves y domingos salíamos a pasear un par de horas por los alrededores, que eran deliciosos. Íbamos de tres en tres, en la terna que nos tocaba, tocados con un sombrero redondo de ala ancha, que llamábamos teja, y teníamos prohibido sentarnos. Por el camino teníamos que hablar de temas edificantes y rezar el rosario. La sotana y la teja y el rosario por aquellos caminos y carreteras de Orduña hacían que me sintiera un bicho muy raro y que aquello me resultase eterno. Aquello duraba dos años, dos interminables años. Muy sanos de natural debíamos de ser para salir de aquella en un estado de relativa salud mental.

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