MONT SAINT – MICHEL, UN CAPRICHO DIVINO

1Cuenta la leyenda que el arcángel San Miguel se apareció una noche de octubre del 708 a Aubert, el entonces obispo de Avranches, para indicarle que la singular roca que emergía en medio de la bahía, era el santo lugar sobre el que debía edificar un templo en su gloria.

Nunca he creído en leyendas y mucho menos en divinidades, pero contemplar la silueta iluminada, una noche de verano de Mont Saint – Michel es la experiencia más cercana que he tenido a contemplar la morada de un dios.

Destino de incontables peregrinos desde la lejana Edad Media, su singularidad hace que hoy en día siga siendo uno de los lugares más visitados de Francia.

Desde siempre, la iglesia ha sabido elegir los lugares estratégicos donde colocar sus templos para admiración y referencia de sus fieles y si hoy, en los tiempos en que ya nada nos sorprende, la imagen de la abadía coronando el impresionante conjunto fortificado en mitad del mar es capaz de maravillarnos, cuál no sería la impresión de los que contemplaban su estampa por primera vez allá por el siglo XV.

Hace unos cinco años, cuando íbamos camino de las playas del desembarco, hicimos una parada en este lugar que marca prácticamente la frontera entre Bretaña y Normandía y llegando de noche, tuvimos la oportunidad de recorrer a pie el camino que separa el islote de tierra firme.

2La experiencia de avanzar por el dique-carretera completamente a oscuras acompañados por el rugido de la marea que galopaba a nuestro alrededor y con la vista siempre puesta en la espectacular imagen que nos esperaba al final del camino, fue algo inolvidable.

Y al llegar, ante la imposibilidad de hacerlo por el resto de los accesos, cubiertos por las aguas, cruzar sus murallas para penetrar en la ciudadela por una pequeña puerta que solo permitía el paso de una persona hizo que, por un momento, la sensación de trasladarnos en el tiempo fuera perfecta.

Mont Saint – Michel es sin duda un lugar incomparable, una maravilla arquitectónica que partió de un sueño lejano que nació en un pequeño santuario del siglo VIII y que más tarde, en el siglo XI, se transformaría en abadía románica hasta convertirse en una joya gótica entre los siglos XII al XV.

A su alrededor crecerá una ciudadela fortificada que hará de aquel lugar un bastión inexpugnable mil veces atacado y nunca conquistado, que con el tiempo se convertirá en un símbolo de la resistencia nacional y de la identidad francesa.

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Pero Saint – Michel, por ese carácter inconquistable, también se convertirá en el lugar perfecto para encerrar a aquellos que no debían escapar y, por eso, desde el siglo XV ha llevado aparejada a su historia la de los presos que purgaron sus penas encerrados en terribles jaulas medievales o en sórdidas mazmorras. Así fue hasta 1863, año en que Napoleón III decidió su cierre y por fin dejó de cumplir su triste misión “La Bastilla de los mares”.

Hoy, la belleza de este lugar y la peculiaridad de su entorno, han hecho que sean millones las personas que lo visitan cada año, por eso en la actualidad, con la intención de racionalizar este fenómeno turístico y de recuperar el entorno tan particular que supone la bahía sobre la que se asienta, se está llevando a cabo un ambicioso proyecto que finalizará el próximo verano.

En agosto del año pasado tuvimos la ocasión de volver a visitarlo y nos encontramos con la sorpresa de que se ha prohibido el paso a los vehículos particulares que son redirigidos a unos inmensos parkings desde los que el acceso al conjunto monumental se hace a través de autobuses lanzaderas o bien a pie recorriendo una considerable distancia.

4Esto solo es una fase del proyecto porque la parte principal consiste en la eliminación de la carretera-dique que se construyó a finales del XIX y que, desde aquel momento, anuló el carácter insular que adquiría la ciudadela cuando subía la marea y que en realidad se convirtió en una barrera artificial que estaba impidiendo el proceso de circulación del agua y provocando un dañino proceso de enarenamiento de la bahía. En su lugar, se ha construido un puente pasarela que evita este fenómeno.

Acabada la obra no cabe duda de que el monte Tombe recuperará su espectacularidad y más si cabe porque de alguna manera recuperará el carácter insular que siempre tuvo. El único inconveniente es esa sensación que provoca el primer encuentro con una infraestructura turística tan artificial que te aleja de la sensación romántica que hace algunos años producía el encuentro con la morada de Saint-Michel.

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En cualquier caso, ascender la empinada callejuela que conduce a la abadía, recorrer sus salas, visitar su claustro desde el que se puede contemplar una incomparable vista, descubrir sus rincones en los que reconocemos a los fantasmagóricos monjes de “El nombre de la rosa”, para después recobrar fuerzas en el singular establecimiento de Mère Poulard, o degustando un crepe en uno de los muchos restaurantes que se encaraman en lo alto de las murallas y acabar el día recorriendo desde lo alto de las murallas el contorno de la ciudadela mientras contemplamos el desértico arenal que a nuestros pies se extiende cuando el mar se retira y esperamos la impresionante llegada de las aguas que con ímpetu incontenible regresan dos veces al día, es una experiencia única.

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El espectáculo de las mareas vivas en esta zona de Francia es algo inigualable y en el plenilunio, cuando la atracción de la luna está en su punto máximo, pasan por ser las mayores del mundo. En ese momento el mar llega a separarse de la base de Mont Saint- Michel hasta 15 Kilómetros, lo que constituye un maravilloso espectáculo de la naturaleza, pero también un grave peligro para los imprudentes que se aventuran en la bahía. Muchos peregrinos a lo largo de los siglos y aún hoy han sido víctimas de su imprudencia y han perecido sorprendidos por la subida brusca de las olas, que llegan a la velocidad de un caballo al galope, o tragados por las arenas movedizas.

Despedirse de Mont Saint-Michel no es fácil, y cuando te alejas no puedes evitar volver la vista atrás para contemplar por última vez la silueta inigualable de un conjunto arquitectónico incomparable coronado por la dorada estampa del guerrero divino que le da nombre.

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Un comentario en “MONT SAINT – MICHEL, UN CAPRICHO DIVINO

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