TRAS LOS PASOS DE SISSI, LA EMPERATRIZ ERRANTE

Sissi-02Fue hace unos cuatro años cuando nos cruzamos por primera vez con la figura de Isabel Amalia Eugenia, Duquesa de Baviera.

Sin duda, una de las mujeres más populares del siglo XIX y convertida en personaje eterno gracias al tratamiento que el cine hizo de su vida.

Aquel día paseábamos por Munich y, partiendo de la emblemática Plaza Odeón, recorríamos la Ludwigstraße para llegar hasta el Siegestor, el Arco de Triunfo de la ciudad. Construido en 1852, es una mezcla del arco de Constantino romano y Puerta de Brandenburgo.

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De camino queríamos contemplar las heridas de metralla, consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, que todavía son visibles en algunos muros de la universidad.

3Cuando bajábamos por la acera de la derecha, la fotografía colocada en un cartel indicador llamó mi atención, era Walter Klingenbeck quien se escondía tras aquel rostro, una de tantas desconocidas historias de resistencia al régimen nazi que, como casi todas, acabó en tragedia.

Con 19 años, murió guillotinado el 5 de agosto de 1943 por pertenecer al grupo juvenil “Vierergruppen” que, entre otros delitos, fue culpable de pintar a modo de protesta, la “V” de victoria en 40 edificios de Munich.

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Fue más tarde, ya de vuelta, cuando nos fijamos en una pequeña placa a la altura del número 13, que hacía referencia al nacimiento en aquel lugar de Isabel. Nada queda del palacio en el que vino al mundo, hoy convertido en un banco, pero su imagen sigue allí, en el punto donde dio comienzo su azarosa vida.

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Días después, siguiendo la ruta de los castillos bávaros, nos volvimos a cruzar con su historia al ir conociendo la figura de Luis II de Baviera, aquel atípico rey de vida atormentada, que tuvo en su prima Sissi a la mejor de sus confidentes. Dos personas que tenían en común su rechazo a la vida cortesana impuesta, pero a la que se debieron adaptar una vez que se convirtieron en cabeza de la realeza.

El íntimo Palacio de Linderhof, o el extragavante capricho de Neuschwanstein fueron testigos de los encuentros de la princesa y del mal llamado rey loco.

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Tuvieron que pasar dos años para que en una escala de uno de esos cruceros que están tan de moda últimamente y en el que nos habíamos embarcado para conocer las atractivas islas griegas, recalamos en Corfú.

La visita prevista nos condujo al desconocido entonces para nosotros Palacio de Aquileón y, allí, en la misma puerta, nos dio la bienvenida de nuevo Sissi.

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Situado en una colina a diez kilómetros de la capital de la isla ofrece una espléndida panorámica del mar Adriático y de la ciudad de Corfú. En la construcción de aquel palacio de verano encontró refugio Isabel un año después de la trágica muerte de su hijo, el príncipe heredero Rodolfo de Austria, que en 1889 apareció muerto en extrañas circunstancias junto a su amante, la baronesa María Vetsera en lo que vino a denominarse el caso Mayerling.

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Amante de la belleza y de la cultura clásica, eligió al héroe mitológico Aquiles como elemento central del Palacio. Ella, que hablaba el idioma de los griegos, a partir de aquel momento se sumergió todavía más en su cultura.

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El Palacio sigue luciendo en todo su esplendor a pesar de los diversos avatares por los que ha pasado en su siglo largo de historia, y los turistas que paseamos por sus jardines y recorremos sus estancias podemos ser partícipes por un momento de los acontecimientos que allí sucedieron.

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La emperatriz de Austria poco pudo disfrutar de su palacio griego ya que en 1898 moría asesinada. En 1907 el Kaiser Guillermo II de Alemania lo compró a sus herederos, y hasta 1914, año en que estalló la Primera Guerra Mundial, se convirtió en su retiro veraniego. En esa época las salas de Aquileón fueron testigos de importantes decisiones que sin duda llevaron al mundo a uno de los más terribles conflictos bélicos.

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Después de la guerra, tras ser utilizado como hospital, pasó a ser propiedad del gobierno griego, hasta el día de hoy, dentro de las reparaciones que estableció el Tratado de Versalles, con el paréntesis que supuso la Segunda Guerra Mundial, tiempo en que fue utilizado como cuartel militar por italianos y alemanes.

La imponente estatua de Aquiles nos despide cuando abandonamos aquella que fue residencia de Sissi.

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Fue el año pasado cuando, sorprendentemente, nos volvimos a encontrar con aquella princesa errante donde menos  lo esperábamos. En nuestro país, en Elche, y fue después de contemplar la reproducción del busto de la más insigne de las Ilicitanas  “La Dama de Elche”, cuando  tropezamos bajo la Palmera Imperial del Huerto del Cura con la imagen que le dio nombre. 

18Fue en el otoño de 1884 cuando Elisabeth von Wittelsbach, en su viaje por el Mediterráneo desembarcó en Alicante. Conocedora de la existencia del palmeral de Elche quiso visitarlo.

Por aquel entonces era ya emblemático y muy conocido por su singularidad botánica, el bello jardín que el capellán José Castaño, gran entusiasta de la jardinería cuidaba con perseverancia.

Isabel quedó maravillada ante la visión de una palmera, que fruto de  la naturaleza y del buen hacer del capellán constituía un ejemplar único.

En ella, de un mismo tronco habían brotado a una altura de dos metros siete brazos. Impresionada por su majestuosidad instó a José Castaño a que le pusiera un nombre. Y éste, como no podía ser de otra manera, la bautizó como “Palmera Imperial“, inmortalizando de alguna manera la visita de aquella dama en el árbol al que unió su destino.

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La última vez que nos topamos con su historia fue precisamente en el lugar en que acabó su vida, junto al lago Leeman en la ciudad Suiza de Ginebra. Allí hicimos una parada el verano pasado en una etapa de nuestro viaje que desde Francia nos conducía al sur de Alemania, cuando paseando por la orilla mientras contemplábamos la silueta de los barcos que lo surcan  coincidimos con su imagen

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En aquel lugar cuando se disponía a embarcar un 10 de septiembre de 1898 se cruzaron los destinos de dos personajes atormentados, Luigi e Isabel y, para ella, significó la muerte.

Luigi Lucheni, un hombre de padre desconocido abandonado por su madre de origen italiano en un orfanato de Paris, sin arraigo de ningún tipo que trabajó de jornalero por toda Europa y que había encontrado en el anarquismo, de forma natural, su razón de ser y en  el odio que justificaba el asesinato indiscriminado de los poderosos que tenían explotados a los pobres el alimento de su existencia.

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Elizabeth von Wittelbasch, que había hecho de su vida una continua huida de un tiempo y de una sociedad en la que nunca encajó. Luigi no tenía nada personal contra Isabel, pero al enterarse de su estancia aquellos días en la ciudad en la que se encontraba trabajando como peón en la construcción del edificio de correos, la eligió como representante de esa clase ociosa y explotadora que vivía a costa del sudor y la sangre de los trabajadores, exhibiendo sin pudor su lujo y ostentación mientras la mayoría de la población europea trabajaba en condiciones inhumanas y vivía en la más absoluta miseria.

Un encontronazo, un afilado estilete en su pecho y Sissi encontró el final de su camino, Luigi condenado a cadena perpetua acabó suicidándose en la cárcel, ninguno pudo ser testigo del nuevo siglo que comenzaba y que se llevaría por delante aquel mundo que ellos habían conocido.

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