“UN RESPETO AL UNIFORME”

La culpa la tuvo el alcohol, néctar divino que desde antiguo usamos para desinhibirnos y obtener el valor que sobrios no poseemos. Son muchas las pócimas que utilizamos y en cada región tenemos la nuestra.

El zurracapote, sonoro y expresivo, describe con su nombre la esencia de una bebida que en La Rioja y en sus alrededores consumimos  puntualmente en Semana Santa. Especie de sangría muy azucarada y con toques de canela, necesita del reposo para una correcta elaboración.

Hoy en día, en tiempos de orden y domesticación, la industria se ha encargado de producirlo en masa y atraparlo en botellas.

Pero en nuestra no tan lejana niñez, su elaboración formaba parte de la fiesta y en todos los hogares las madres se afanaban con su receta particular, para conseguir su propio caldo que siempre se distinguía de los demás, ya fuera por su mayor o menor dulzura, su toque de canela y fruta o la cantidad de vino en la mezcla.

En cualquier caso, la visión de las cazuelas donde reposaba, antes de embotellarse y el aroma que impregnaba durante días la casa, era un regalo para nosotros que nos daba, muchas veces por primera vez, la oportunidad de probar aquel vino camuflado en dulzor que de otra manera nos era siempre negado.

La tradición traspasaba los hogares y eran muchos los locales donde cuadrillas de amigos echaban mano de su fórmula para elaborar su particular poción.

Así sucedió aquella primavera del 81, cuando en el que era nuestro pequeño reino, la huerta del padre de un amigo, preparamos un hermoso caldero del que la tarde que decidimos que nuestro zurracapote estaba listo, procedimos a degustarlo.

Directamente de la marmita, sin necesidad de pasarlo por una botella, llenamos uno tras otro nuestros vasos, haciendo de aquel día un día inolvidable, y más inolvidable a medida que se vaciaba el caldero y nos cargábamos nosotros.

Al final pasó lo que tenía que pasar y cuando decidimos que la tarde había que terminarla en la discoteca, hubo quien tuvo más dificultades que otros para llegar a su destino.

El Don César, ese era el nombre del Hotel en cuyo sótano se encontraba el local de moda. Para llegar allí había que andar un largo camino.

Situado junto a la carretera nacional, circulabamos, como tantos otros días, en procesión por el arcén rumbo a nuestro ansiado destino, cuando Luis, uno de los que más contento iba, flanqueado a ambos lados por dos amigas que le ayudaban a caminar, divisó en la lejanía un vehículo estacionado de tonos verdosos y coronado por un juego de luces, debió pensar que aquello formaba parte de la fiesta y henchido de amor patrio gritó con todas sus fuerzas, “Viva la Guardia Civil”.

No recuerdo si el resto del grupo jaleó su soflama, pero recuerdo bien cómo cuando la figura desgarbada de Luis con nuestras amigas a su lado llegó a la altura del coche verde, las puertas se abrieron y dos vociferantes uniformados salieron del vehículo para agarrarlo violentamente y empujarlo a su interior.

Fue muy corto el trayecto que les separaba del cuartel y en pocos minutos, flotando como en una nube, nuestro amigo cruzaba su umbral.

Sentado en una silla, sin comprender lo que le decían, intentaba disculparse malamente sin saber muy bien de qué, y en su defensa repetía “pero si yo no he hecho nada” ante los gritos que no entendía él seguía argumentando “pero cómo os voy a faltar al respeto si mi abuelo era guardia civil”.

Una mano cortó el aire y un sonoro bofetón aterrizó en su cara, “un respeto al uniforme, aquí se trata de usted, quién te crees tú que eres”.

Era pequeño, vestía de paisano y gritaba como un energúmeno a pocos centímetros de su cara. Luis ya ni le oía, aquella hostia le había serenado de golpe y le había vuelto a la realidad, la rabia y el miedo se mezclaban y había despertado en una pesadilla.

Alguien vestido de verde apartó a aquel enano chillón y por primera vez le preguntaron su nombre y su apellido, él lo balbuceó.

No sabe el tiempo que pasó, pero sí que entonces no hacía más que pensar en su casa, quizás aquello iba a ser un lío gordo y no quería disgustar a su madre.

Pero por suerte para él no tardó un guardia en acercarse y tras darle un pequeño sermón y recalcarle que tenía suerte porque alguien conocía a su padre y sabían que era una buena persona le dijo que enseguida podría irse y que ellos notificarían el suceso a su familia.

Y así fue, cuando por fin salió del cuartel, la cuadrilla de amigos había aumentado, eran muchos los que al ir a la discoteca habían sabido de aquel extraño suceso y le esperaban fuera.

Arropado por ellos, deshizo el camino que había hecho con el coche patrulla y le condujeron hacia el Don César. Recuerda cómo se paró en la puerta, maldijo, lloró y cómo de repente, entre varios, le empujaron al interior donde le escondieron en el más recóndito de los reservados.

Más tarde le explicaron que alguien reconoció al valiente que dentro del cuartel le había explicado a base de hostias el respeto y la educación que todo ciudadano de orden debía mantener en un país que en 1981 empezaba a cambiar.

Y, aunque hace mucho tiempo que aquella discoteca está cerrada y el cuartel fue derribado para construir otro más moderno, y mi padre, que sin duda era una buena persona ya no está con nosotros, a pesar de las más de tres décadas pasadas, hoy todavía, algunas veces, cuando paso con el coche por aquel punto de la carretera nacional I, sigo susurrando entre dientes, “Viva la Guardia Civil”.

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