EL SILENCIO DE LA CAMPANA

1Hoy casi pasa desapercibida pero allí sigue, derribada de su pedestal y postrada en el suelo, allí sigue. Muda, y condenada al silencio. Símbolo de un sueño que acabó en locura y testigo mudo de lo que no fue.

Quebrada y rota como las vidas de los jóvenes a los que enseñaba el camino. Es la campana Olímpica, la que un día marcó el comienzo de los XI Juegos Olímpicos de la era moderna, que iban a mostrar al mundo el futuro que le esperaba.

2Ese mundo de los fuertes ideado por un débil y que arrastró tras de sí a un país, a un pueblo y al mundo casi a su destrucción. Su repique atronador  anunció el 1 de agosto de 1936, el comienzo de las Olimpíadas de Berlín, ante un Hitler exultante que quería hacer de aquel espectáculo un escaparate de su poder y de la supremacía de la raza aria.

Leni Riefenstahl  la hizo protagonista en las imágenes de su Olympia dando la bienvenida a los atletas participantes en aquel evento, mientras desfilaban ante una multitud enfervorecida que les saludaba brazo en alto.

Hoy provoca escalofríos  contemplar aquella fiesta sabiendo que poco tiempo después esas eufóricas masas se convertirían en un amasijo espectral.

En aquellos días de fastos y falsa hermandad, el sonido  del  espectáculo, exactamente igual que hoy, tapaba el eco de los disparos y el estallido de las bombas que  no muy lejos habían empezado a tronar.

Barcelona debió ser sin duda la sede de aquellos juegos, pero la decisión final que se tomó  a finales de abril de 1931, se decantó por un Berlín al que le faltaban dos años para contemplar el ascenso al poder del nazismo, frente a una España inestable que acababa de derrocar a un rey y que intentaba abrirse paso con una República que levantaba demasiados recelos para sus países vecinos.

Pero los acontecimientos hicieron que aquella sede berlinesa, que en principio daba más garantías a los miembros del Comité Olímpico, se fuera convirtiendo en un lugar poco grato para gran parte de los países del mundo que veían cómo el totalitarismo que había nacido en Alemania y que crecía de forma imparable quería utilizar aquella plataforma que ingenuamente se le había brindado para convertirla en un escaparate de sus ideas.

Por eso, como otras veces ha ocurrido a lo largo de la historia de los juegos Olímpicos, la utópica idea de hermanamiento del Barón de Coubertin se vino al traste y algunos países propusieron un boicot.

Barcelona, de nuevo, volvió a ser protagonista y se presentó como sede para unos juegos paralelos, los juegos populares, en los que se organizó una Olimpiada alternativa donde participarían países o atletas que se negaban a acudir a la Olimpiada nazi.

Todo estaba preparado pero quiso el destino que la primera ficha del dominó del apocalipsis mundial cayera en España, y con el golpe fascista de Julio del 36, los sueños de paz en Europa terminaron, a pesar de la ceguera de muchos que siguieron vitoreando los triunfos deportivos en aquel estadio berlinés sobre el que una oscura sombra se cernía.

El sueño de gloria nazi se vio truncado y su supremacía racial ridiculizada por los triunfos de un grupo de jóvenes atletas negros que derrotaron a sus rubios contrincantes, encabezados por un hombre, Jesse Owens.

3El “Antílope de ébano” no sólo triunfó en la pista sino que demostró que las personas estaban por encima de las ideologías y de los prejuicios raciales. La amistad que aquellos días forjó con uno de sus rivales alemanes, Luz Long, su máximo contrincante en el salto de longitud, fue quizás la mayor victoria de los dos atletas en aquellos juegos, y el símbolo que salvó el espíritu del Barón de Coubertin, que se había negado a asistir.

Aquella amistad que los dos hombres mostraron al mundo abiertamente, se mantuvo acabada la competición hasta el punto de que Luz, sobre el que se tomaron represalias y fue enviado al frente, contrariamente a otros atletas alemanes que quedaron exentos, envió una última carta a Owens antes de morir un trece de julio de 1943 en un hospital de campaña, tras la ofensiva  aliada en Sicilia, en la que decía:

Mi corazón me dice que quizás ésta sea la última carta que escriba en mi vida. Si así fuera, te ruego que hagas algo por mí. Cuando la guerra acabe, por favor, viaja a Alemania, encuentra a mi hijo y explícale realmente quién fue su padre. Háblale de los tiempos en los que la guerra no logró separarnos y dile que las cosas pueden ser diferentes entre los hombres de este mundo. Tu hermano, Luz”

4Jesse Owens, que tras volver a su país fue de nuevo un ciudadano de tercera indigno de ser recibido por su Presidente, que al igual que Hitler se negó a estrechar la mano de un negro, viajó a Alemania y cumplió los deseos de Luz. Karl Ludwing Luz Long, recibía en 1964 la primera Medalla Pierrre de Coubertin, a título póstumo otorgada a aquellos que han demostrado su espíritu olímpico y deportivo durante la celebración de unos Juegos.

Cuando vayáis a Berlín, no dejéis de visitar el Olympia Stadion, donde este año se jugará la final de la Champions League, y mirad de reojo la brecha monumental que se abre en uno de sus fondos, su Puerta de Maratón, por donde los ingenuos ojos del mundo vieron un día entrar al altivo Führer alemán y al salir buscad la quebrada campana de bronce agazapada con sus símbolos de terror camuflados, para por un momento por encima del estruendo de la fiesta, revivir la historia y no olvidar.

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