EL VALOR DE LA “DAME CARCAS”

1En el sureste de Francia se alza una de esas imponentes ciudades que una vez en la vida es obligado visitar. Carcassone, situada en lo alto de un cerro, sus majestuosas murallas nos dan la bienvenida mucho antes de llegar.

La fortaleza ha sido testigo de múltiples acontecimientos a lo largo de la historia y ha pasado por épocas de esplendor y olvido en sus más de  XX siglos de vida.

Son incontables los relatos que se podrían escribir sobre lo acontecido tras sus muros, desde que en el Siglo I A.C. los romanos fortificaran la cima de la colina para convertirla en el centro administrativo de la colonia Iulia Carcaso.

Morada de visigodos y musulmanes, testigo de disputas entre francos y aragoneses, feudo de cátaros y protagonista de aquellas infames cruzadas contra los albigenses. Fortín inexpugnable en la Guerra de los Cien Años y víctima del abandono y del olvido a partir del siglo XVII.

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Sus muros volvieron a renacer en el siglo XIX, impulsados por el fervor romántico de la época en la que el arte y la cultura volvieron sus ojos hacia aquella Edad Media idealizada, después de sentirse excesivamente atropellados por una razón que lo inundaba todo.

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La reconstrucción y los trabajos de restauración  llevados  a cabo por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, fue muy criticada por no respetar la integridad de la fortaleza en la que realizó reformas y utilizó materiales que para muchos no se adecuaban al lugar ni a la época de la misma.

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Pero, en cualquier caso, sea o no una reconstrucción discutible, su intervención ha facilitado que los que hoy nos acercamos a estas tierras Occitanas seamos partícipes de una maravillosa inmersión en la Europa medieval y podamos compartir las historias que allí se vivieron.

Una de esas historias, es la que hoy os quiero contar.

De todos los moradores que ha tenido la colina en la que la fortaleza se asienta, los que menos tiempo estuvieron fueron, sin duda, los árabes. En el 725 llegaron a estas tierras después de la rápida ocupación de la Península Ibérica y mantuvieron su poder hasta el 752, fecha en que la ciudad fue tomada por un ejército franco que los expulsó. Fueron pocos años, pero aquella ocupación musulmana dio pie a los juglares medievales a crear una de esas historias que han llegado a nuestros días:

Cuenta la leyenda que el emperador Carlomagno asediaba Carcasona, gobernada por el rey musulmán Ballak. Muerto el rey en la contienda, su esposa, la “Dama Carcas”, lo sucede al frente de la Ciudad Medieval. Tras 5 años de asedio, el hambre vence a los últimos defensores, y la Dama vigila, sola, desde lo alto de las murallas.

Para hacer creer que la guardia sigue siendo numerosa, coloca muñecos de paja vestidos de soldado y lanza flechas de ballesta contra las tropas enemigas.

En la ciudadela solo quedan un pequeño cerdo y un saco de trigo para alimentar a toda la población. Entonces, la Dama Carcas decide cebar al último cerdo con el trigo restante y lanzarlo desde lo alto de la muralla. El cerdo se hace pedazos al llegar al suelo y de su vientre brota gran cantidad de grano.

Ante este espectáculo, Carlomagno ordena levantar el sitio, ya inútil: ¡Carcasona tenía tanto trigo que lo estaban utilizando para alimentar a los cerdos! Antes de que el gran ejército terminara de desaparecer, las campanas de la ciudad repicaron para que todo el mundo en los alrededores conociera la noticia.

Cuenta la leyenda que en aquel momento uno de sus vasallos dijo a Carlomagno: “Sire, Carcas sonne”  (¡Señor, Carcas toca!).

Poco importa que no fuera Carlomagno el que sitió Carcasona ya que la historia dice que fue su padre Pipino el Breve el que tomó la ciudad.

La Dama de Carcas quedó allí para siempre y si un día hacéis un alto en el camino y os detenéis en esta plaza, la hallaréis frente a la puerta de su castillo, fea, con su pecho asimétrico pero altiva y desafiante dispuesta a no rendirse jamás frente a las tropas del infiel.

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