¡QUE NOS LLEVAS A LA CÁRCEL!

1Con permiso de la Historia con mayúsculas, hoy quiero compartir con vosotros, los que por el motivo que sea habéis decidido que merece la pena asomarse a la ventana de mi blog, este pequeño relato que tiene un carácter más personal.

Esta historia en realidad es una parte de una obra más amplia que consta de otros sesenta y siete capítulos, en la que a través de los ojos de un niño podemos descubrir los lugares y las gentes que poblaban el universo tan particular de aquellos que se criaron en los años cuarenta.

La generación de los que llegaron en plena posguerra, en una España triste y miserable, llena de heridas sin cicatrizar y en la que, a pesar de todo, la vida se abría paso entre los juegos de aquellos chiquillos que ajenos muchas veces a las desgracias de sus mayores, disfrutaban de lo mínimo como jamás hemos vuelto a saber  hacerlo.

Aquel crío que llegó en 1944 a la Calle Nueva con cuatro años, rodeado de hermanos, mi madre y tres más, montado en una camioneta cargada con los cuatro bártulos que mis abuelos poseían, salió siete años después de allí, solo y escoltado por la sombra negra y alargada de la iglesia.

Once años tenía mi tío Guillermo cuando se fue de la Calle Nueva, para no volver más que de visita. Y de la mano de los jesuitas para bien y para mal se formó y comenzó un camino sinuoso que le apartó de los suyos y le llevó a conocer gentes y lugares que jamás hubiera imaginado cuando correteaba por las calles de Miranda en su efímera niñez.

Aquel camino no lo recorrió sólo porque fueron muchas las familias que en aquellos años, ante la incapacidad de formar a sus hijos, aceptaban gustosas la propuesta que algún miembro del clero les hacía cuando detectaba que su hijo poseía algún rasgo diferencial que le permitía sobresalir por encima de la manada.

Los Jesuitas siempre han sido expertos en notar la diferencia y nutrir sus filas de hijos del pueblo especialmente dotados que ellos han sabido convertir en la élite de los soldados de Cristo. En aquellos años, muchos niños fueron cruelmente apartados de sus familias “por su propio bien”.

Con el tiempo los chiquillos convertidos en hombres, eligieron diferentes caminos y en años social y políticamente convulsos, no fueron pocos los que tomaron decisiones drásticas y cambiaron sus destinos.

Guillermo fue uno de ellos, y en 1970, en las postrimerías del franquismo se fue de aquella España, pacata y gris, rompió con la Orden y reinició su vida, lejos, en Berlín.

En una Alemania que le acogió encontró el amor, formó una familia y desarrolló su carrera profesional e intelectual, dedicándose, entre otras cosas, a escribir.

Muchos han sido los libros que en su adoptada y querida lengua, el alemán, han salido de su pluma y escasa o prácticamente nula su producción en castellano, por eso para mí supuso una grata sorpresa descubrir este manuscrito en casa de mi madre hace unos años y reencontrarme en él con personas queridas en un momento de sus vidas en las que no las pude conocer.

Es un lujo volver la vista atrás y compartir la vida con los que ya no están en lugares que permanecen y que nos resultan tan familiares. No sé por qué casi al final de su camino literario, Guillermo volvió la vista atrás, aunque no es muy difícil de imaginar.

2Pero en cualquier caso, el retrato de los personajes, de los lugares y del tiempo que se plasma en esta obra tiene suficientes matices comunes para que a todos nos resulte atractivo. Una calle “La calle Nueva”, una ciudad “Miranda de Ebro”, y unos niños que bien pudieran correr por cualquier calle de cualquier ciudad de aquella España herida de los años cuarenta.

Hoy quiero compartir con vosotros el capitulo XXXVIII, “¡Que nos llevas a la cárcel!”, sencillo y claro, espero que os guste como a mí.

Y si os ha sabido a poco y os apetece seguir paseando por  “La Calle Nueva”, podéis asomaros a otros dos capítulos anteriores que en su día publiqué en el blog:

1. ¡A Formar!

 2. ¡Y la muerte también pasa!

Capítulo XXXVIII

“ίQue nos llevas a la cárcel!”

Un día llegó el obispo. Imagino que a confirmar. A mí ya me habían confirmado. En Melgar de Fernamental. A los cuatro años. Pero a recibir al obispo tuve que salir como todos y todas en la Escuela Villa.

Debía de ser el obispo de Calahorra, porque, aunque Miranda era Burgos, pertenecía a dos diócesis distintas: Aquende a la diócesis de Burgos y Allende a la de Calahorra. Nosotros éramos Allende y por tanto nuestro obispo era el de Calahorra. Yo no entendí nunca aquella divergencia, pero tampoco era un problema que me quitara el sueño.

3

El obispo llegó en un coche negro que metía muy poco ruido. Eso nos impresionó mucho. Debió de ser un Mercedes, porque por lo visto Franco regaló un Mercedes a cada uno de los obispos españoles. Al menos eso decían. Y de ahí le venía la malicia a aquel chiste que estuvo en boga muchos años y que yo tardé en entender, pues yo no sabía qué cosa era un Mercedes; sólo sabía yo que era un nombre de chica: Mercedes, Merche o Merceditas. Ni tenía idea de que mercedes pudiera también significar algo así como regalos o favores. Por el catecismo conocía yo lo que es orar, aunque tampoco entendía por qué había de llamarse orar lo que hablando como se come llamábamos rezar. “Orar es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes” – aprendíamos de memoria en la escuela y en la catequesis dominical. Pero estábamos aún muy tiernos para entender la ambigüedad maliciosa de quienes, siguiendo al catecismo, preguntaban: “¿Qué es orar?” Y, citando literalmente al catecismo, con una pequeña variante, decían: “Orar es levantar el corazón a Franco y pedirle Mercedes.” ¿Quién me iba a decir a mí que un día vendría a dar con mis huesos precisamente a la cuna de la Mercedes?

Días enteros nos preparamos en la escuela para recibir al obispo. Con banderitas lo recibimos. Cada cual con la suya. Suya – es decir nuestra – porque cada cual tuvo que construir su propia banderita. Con un palito y un trozo de papel. Yo cogí una estampa de la Inmaculada. La de Murillo, naturalmente. Una de aquellas bellezas de carnosidad espiritualizada y de espiritualidad carnosa, lo suficientemente carnosas como para que nos resultaran maternales, lo suficientemente espiritualizadas como para que las aceptáramos como Madre de Dios y Virgen. Sin olvidar hoy que aquello de Virgen no era para nosotros más que un nombre propio, sin la más mínima resonancia biológica o sexual.

Cogí, pues, una de aquellas Inmaculadas de Murillo y con engrudo la pegué en un papel. Bien centrada. Antes había pintado de colores aquel papel. A tres franjas: en rojo, amarillo y morado. ¿Qué sabía yo de aquellos colores y de su historia?

Mi madre se quedó aterrada. “¡Que nos llevas a la cárcel, hijo! ¡Son los colores de la República!” Poco entendí yo aquella alarma de mi madre, pero cambié uno de los colores y pude así salir a recibir al Señor Obispo de Calahorra con mi banderita, sin llevar por ello a mis padres a la cárcel.

Al obispo salíamos a esperarlo porque debíamos. A Franco salíamos a verlo pasar porque queríamos. Cada año en verano, no sé exactamente cuándo, se iba Franco con toda su corte a San Sebastián. La procesión de motos y coches pasaba obligadamente por Miranda, por la Calle Real, y con ello por el empiece de la Calle Nueva. La carretera de Madrid-Irún no había sido desviada aún. Tendrían que pasar muchos años y muchos accidentes hasta que se construyera la circunvalación4

Cuando pasaba Franco, la carretera de acceso a Miranda estaba custodiada. La Calle Real y la Calle Vitoria estaban custodiadas. Cada pocos metros, un guardia, mi padre o el padre de Carlitos, por ejemplo. A derecha e izquierda de las calles se agrupaba e incluso se amontonaba la gente. Sabíamos más o menos la hora, pero a veces el convoy se retrasaba horas enteras. Como los trenes correo.

Todos los años lo mismo: Tras una larga espera alguien daba la voz: “¡Que ya viene Franco!” Los motoristas abrían la marcha. Seguía una larga procesión de coches negros y grandes. En uno de ellos dicen que iba Franco. Algunas veces conseguíamos medio reconocerle. Algunos creían haberle visto saludar con la mano.

Aquella procesión de coches grandes y negros pasaba como una exhalación. Otros motoristas cerraban la marcha.

Entre ilusionados y desilusionados nos volvíamos a casa. Quien había conseguido ver a Franco, alardeaba de haberlo visto. Quien no había conseguido verlo, se lo imaginaba, y esperaba tener más suerte el año próximo. Y el año próximo se repetía la misma espera, la misma esperanza, la misma procesión de motos ruidosas y de coches grandes y negros, la misma ilusión y la misma desilusión. Años después entendí muy bien la película ¡Bienvenido, Mister Marshall! Lo mismo que los americanos pasaron como una exhalación por aquel pueblo que con tanta ilusión les esperaba, así pasaban Franco y su comitiva por la Calle Real y por tanto por el empiece de la Calle Nueva. Todos los años. En pleno verano. Camino de San Sebastián. Con toda su corte.

Guillermo Aparicio

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5 comentarios en “¡QUE NOS LLEVAS A LA CÁRCEL!

  1. En otras ocasiones he publicado algún otro escrito suyo en el blog, pero esta vez me ha apetecido hablar un poco de el para que quien lo lea sepa un poco mas de el.
    La verdad es que escribe de maravilla.Sin duda es un hombre muy especial y para mi es una referencia en mas de un sentido.
    Muchísimas gracias por el comentario.
    Luis

    • Hola Mercedes.

      Siento decirte que yo no soy el Guillermo que buscas, soy su sobrino.
      Aunque seguimos en contacto él está lejos, sigue viviendo en Winnenden y ahora no está pasando por buenos momentos.
      Si quieres ponerte en contacto con él puedes hacerlo por medio del Email que aparece en su pagina web que se despliega al pinchar en su nombre al final de la entrada.

      Un saludo.

      Luis.

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