PRAGA 1969, MORIR POR UN IDEAL

Praga es una ciudad que te atrapa, el bullicio de sus calles, la belleza de sus edificios y plazas, el impresionante puente de Carlos sobre el Moldava , su luz de día y la de sus noches, la historia que lo impregna todo como centro de la Europa Imperial, en definitiva, es una ciudad llena de vida.

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La Plaza de Wenceslao, sin ser la más bella, ha sido el corazón donde se ha sentido el latido de la ciudad en diferentes ocasiones.

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Allí la esperanza de su primavera fue aplastada por los tanques rusos en 1968 y en 1989 fue allí donde triunfó la aterciopelada Revolución que abrió el camino para la caída del comunismo en Europa.

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En un rincón, bajo las escaleras del Museo Nacional, dos cruces entrelazadas y aplastadas, como si las cadenas de uno de aquellos carros de combate soviéticos hubieran pasado sobre ellas, esconden una de esas historias que para muchos de los que visitamos fugazmente la ciudad pasan en ocasiones inadvertidas.

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Jan Palach y Jan Zajíc, eran los nombres de dos muchachos de 20 y 18 años respectivamente.

En el invierno de 1969 y con un mes de diferencia, primero Palach, en aquel mismo lugar, el 16 de enero y después Zajíc el 25 de febrero, se prendieron fuego en señal de protesta por la ocupación soviética que vivía su país y que había acabado con las esperanzas de libertad que se habían iniciado con las medidas del gobierno de Alexander Dubcek, la primavera anterior.

“Debido a que nuestras naciones se encuentran en un estado de desesperanza y resignación hemos decidido manifestar nuestra protesta y despertar al pueblo de este país. Yo tuve el honor de que me tocara el número uno y de presentarme como la primera antorcha” escribió Jan Palach.

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La carta quedó junto a su cuerpo, en el interior de una carpeta junto a otros objetos personales, en la acera bajo las escaleras del Museo Nacional cuando a las dos y media de aquel 16 de enero después de echarse encima los cuatro litros de gasolina que esa mañana había adquirido junto con los dos baldes de tapas en los que los transportaba, se prendió fuego.

Jan, estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad Carolina, murió a causa de las quemaduras el 19 de enero, su funeral que se celebró el 25 de Enero, se convirtió en una gran manifestación en el centro de Praga.

Las autoridades soviéticas trataron de silenciar su muerte para evitar en lo posible las posibles repercusiones políticas, y para ello no escatimaron ningún medio, ya desde el día siguiente todas las ofrendas florales desaparecieron del monumento de San Wenceslao y cualquier tipo de manifestación fue duramente reprimida, a aquel joven estudiante se le mostraba desde los medios oficiales como un pobre loco.

Pero si aquello fue una locura, Jan Palach no estuvo solo.

Jan Zajìc era un estudiante de la Universidad Técnica de Sumperk, especializado en ferrocarriles al que también le interesaba la poesía y las Humanidades. El 25 de febrero de 1969 viajó a Praga acompañado de otros tres compañeros, alrededor de la una y media entró en el edificio del número 39 de la Plaza Wenceslao, encendió sus ropas impregnadas de productos químicos, pero fue incapaz de salir corriendo y cayó desplomado muriendo en el pasillo.

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En una carta para su familia escribió:

“¡Madre, padre, hermano, hermana pequeña!

Cuando leáis esta carta yo ya estaré muerto o cerca de la muerte. Yo sé lo que es un duro golpe, mi acto será así, no estéis enfadados conmigo. Desafortunadamente no estamos solos en este mundo. No estoy haciendo ésto porque esté cansado de la vida, al contrario, la valoro demasiado. Espero que mi acto haga la vida mejor. Sé cual es el precio de la vida y sé que es la cosa más preciosa. Pero quiero mucho para tí, para todos, así que tengo que pagar mucho. No pierda su corazón después de mi sacrificio, dígale a Jacek que estudie más duro y a Marta también. Nunca se debe aceptar la injusticia, ya sea en cualquier forma, mi muerte se unirá a vosotros. Siento que nunca voy a verte o aquello que me encantó tanto. Por favor, perdóname que he luchado con tanto. No dejes que me hagan un loco.

Saluda a los chicos, al río, y al bosque.”

La policía estatal prohibió su entierro en Praga, como él hubiera querido, temiendo desórdenes como los que se produjeron a la muerte de Jan Palach. Su cuerpo fue enterrado en su ciudad natal, Vítkov.

Desde la Libertad, en la que hoy vivimos y de la que pueden disfrutar también los ciudadanos de Praga, cabría hacer una reflexión y volver la mirada hacia estos muchachos, capaces de cometer el más grande de los sacrificios, no por ellos, sino por su comunidad.

Desde una sociedad como la nuestra, construída cada día más sobre el individualismo y el beneficio personal, actitudes como las de  Jan Palach y Jan Zajìc cobran más valor.

Si la perversión del sistema comunista fue tal que buscando el bien común eliminó la libertad del ser humano hasta el punto de llevar a actuaciones de este tipo, quién se plantea hoy en nuestra materialista sociedad, a los dieciocho años un mínimo sacrificio  por los demás.

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El 4 de abril de 1969, Evzen Plocek de 39 años se prendió fuego en el centro de la ciudad de Jihlava, militante desde su juventud en el Partido comunista. Fue la última de las antorchas humanas. Su muerte fue silenciada por las autoridades.

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De poco sirvió su sacrificio en aquel momento ya que el 17 de abril de 1969 se instaló definitivamente en Checoslovaquia un gobierno neoestalinista que permanecería en el poder durante veinte años, hasta el triunfo de la Revolución de Terciopelo en 1989.

Descasen en paz Jan Palach, Jan Zajín y Evzen Plocek.

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