SANTA ENGRACIA, UNA GRANDIOSA FORTIFICACION EN LAS PUERTAS DE CASTILLA.

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Majestuosas se alzan las peñas en el impresionante desfiladero de Pancorbo, vigías eternos que desde siempre han guardado fielmente la puerta natural que ha separado las tierras del norte de la península con la llanura castellana.

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Como todos los lugares angostos que permiten el paso entre cadenas montañosas, ha sido un punto estratégico y codiciado por aquellos que querían controlar las rutas, en sus paredes es fácil identificar restos de antiguas fortalezas que a lo largo de los siglos han servido para defender el paso.

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Pero fue a finales del siglo XVIII cuando las Monarquías Absolutas que reinaban en Europa vieron tambalear los cimientos de su Antiguo Régimen bajo la fuerza de la razón y el impulso revolucionario que desde Francia había surgido imparable, cuando el déspota  Rey de España Carlos IV,  decidió que en aquel punto había que prepararse para detener al posible invasor francés.

A raíz de la ejecución el 21 de Enero de 1793 de Luis XVI, el gobierno español firmó con Gran Bretaña la primera coalición contra Francia. El 7 de marzo La República Francesa declaraba la guerra a España y comenzaba la llamada Guerra del Rosellón o de la Convención.

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En este contexto, el 3 de septiembre de 1794 comenzaba la construcción en los Montes Obarenes a la altura de Pancorbo de una Fortaleza que habría de servir de defensa para evitar el paso hacia el interior de la península, ante una eventual invasión, de los ejércitos franceses.

A partir de aquella fecha, fueron tiempos duros para los habitantes de Miranda de Ebro, la localidad de mayor tamaño próxima a la construcción y que hubo de poner al servicio de tan inmensa obra todos los medios de que disponía. Fue enorme la sangría de hombres reclutados para trabajar, lo que motivó que las cosechas y demás actividades económicas de la ciudad quedaran paralizadas, sumiendo en una gran pobreza a la mayoría de los mirandeses.

La Guerra que el primer año conoció varias victorias del ejército español, comandado por el General Ricardos, pero poco a poco fue cambiando de rumbo y decantándose del lado francés.

Muerto Ricardos en marzo de 1794 víctima de una pulmonía, no pudo ver cómo los franceses penetraban en Cataluña, Navarra y Las Vascongadas, para culminar su avance el 22 de julio de 1795, con la toma de Miranda.

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Aquella pequeña ciudad castellana que había visto mermados sus medios de vida desde el inicio de las obras de la fortaleza de Santa Engracia, y había tenido que sufrir durante la contienda las penurias que le había supuesto soportar por su situación estratégica el mantenimiento de un numeroso contingente de tropas, así como la llegada de multitud de refugiados y heridos de las tierras del norte que los franceses iban ocupando, tuvo que ver cómo el enemigo la ocupaba un 22 de julio de 1795.

Pero la ocupación fue breve ya que el mismo día las tropas españolas que habían huido ante la llegada del enemigo, muy superior en número, volvieron reforzadas con tropas castellanas venidas de Burgos y esa misma tarde rechazaron al francés que no llegó a conseguir la capitulación de la ciudad.

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Después de varios días de escaramuzas en los que la tensión fue creciendo, quiso la suerte que el 5 de agosto, cuando la tragedia acechaba ante el inminente ataque, llegaran seis húsares  con señal de parlamento y cartas para el Barón de Triest, comandante de las fuerzas españolas, que en el Convento de San Francisco, pudo comprobar que ante él se presentaban los documentos de La Paz que el día 22 de julio había firmado en Basilea el Rey de España con la Nación Francesa.

Godoy, viendo que aquella guerra no reportaba nada para España y ante la fortaleza de Francia, firmó una paz unilateral y se convirtió en “Príncipe de la Paz”.

Para la humilde localidad burgalesa significó librarse de una segura destrucción y por suerte para sus habitantes la tragedia que se avecinaba acabó en fiesta.

En Pancorbo, mientras tanto, las obras de la fortaleza continuaron hasta 1797, pero firmado el acuerdo con los franceses, no se consideró útil y fue prácticamente abandonada.

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La historia quiso que años más tarde, aquellos a los que había de detener se convirtieran en sus moradores, así el 10 de marzo de 1808  las tropas francesas, bajo el mando del general Moncey, tomaron la posición. Desde entonces y durante toda la Guerra de la Independencia, quedó en sus manos aunque desde sus serranías no dejaron de atacar las partidas de guerrilleros como la de Benito o el cura Merino.

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Tras la Batalla de Vitoria quedó aislada una guarnición de 700 hombres en los fuertes de Santa María y Santa Engracia, a ambos lados del desfiladero, y el duque de Wellington ordenó conquistarlos, el 28 de junio de 1813 fue tomado el fuerte de Santa María y el 30 de junio se rindió el de Santa Engracia, así acabó el sitio de Pancorbo.

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Una década duró la vida de la Fortaleza de Santa Engracia que con tanto esfuerzo habían levantado manos de trabajadores mirandeses. En 1820, el gobierno del Trienio Liberal, decidió realizar obras para repararla y reforzarla pero el 23 de Abril de 1823, la llegada del ejercito francés “los cien mil hijos de San Luis” que volvía a España, esta vez para acabar con la esperanza liberal y devolver sus privilegios al absolutista e infame Fernando VII, trajo consigo la decisión de arrasar totalmente la fortaleza para impedir que se pudieran acantonar allí tropas liberales.

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Fue el fin de una Fortaleza imponente y estratégica que tuvo una corta pero azarosa vida.

Sus ruinas sirvieron de soporte a mediados del siglo XIX de una de las torres que formaron parte del sistema de telégrafo óptico que con poco éxito se intentó instaurar en aquella época, la fortaleza de Santa Engracia fue la posición 32 de la Línea de Castilla.

En los últimos años se ha llevado a cabo un proyecto de restauración que ha permitido a través de una completa investigación documental, la recuperación de parte del conjunto por medio de una serie de actuaciones de consolidación y reconstrucción que han facilitado el acondicionamiento a las visitas que hoy pueden acceder a un espacio que ha estado abandonado durante casi dos siglos.

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Fue todo un lujo contemplar, en la primavera de 2011, la silueta de los hombres de la Grande Armée y del ejército español acompañados  del estruendo de los cañones y el zumbido de los mosquetes volviendo a revivir el Sitio de Pancorbo.

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