AUSCHWITZ – BIRKENAU, UN DESCENSO A LOS INFIERNOS – (Parte II)

29Hemos recorrido Auschwitz I y nos hemos estremecido con el recuerdo de los horrores allí vividos, ahora nos dirigimos al autobús para recorrer un corto trayecto que nos llevara a Auchwitz II Birkenau.

En unos minutos, a través de la ventanilla podemos reconocer una imagen familiar, un edificio de ladrillo con una gran abertura en el centro sobre las vías del tren, es “La boca del infierno”, la entrada que atravesaban los trenes cuando llegaban a Auschwitz – Birkenau.

Pasamos por encima de las vías y bajamos del autobús, ante nosotros una inmensa explanada, en la que destaca un vagón junto a un solitario andén de cemento.

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Este sí es el lugar del horror, aquí se abrían las puertas después de viajes interminables, en los que las personas, asfixiadas en verano y congeladas en invierno, atravesaban Europa, viendo cómo morían los más débiles, sin poder hacer nada, y soportando el horror de convivir con su propia miseria.

Cuando la esperanza aparecía al pararse el tren y abrirse los portones, la oscuridad de la noche, en mitad de la nada, los focos del campo, los ladridos de los perros y los gritos y golpes en alemán daban paso al mayor de los terrores, los hombres eran apartados de las mujeres y de los niños y lo poco que les quedaba les era arrebatado.

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Aquí mismo, en este andén, se decidía en un segundo la vida o la muerte, según el criterio de mal llamados médicos que dictaminaban quién era válido para el trabajo. En ocasiones, según la necesidad, se evitaba la selección y todo el mundo iba directamente hacia la zona que estaba al final de las vías para entrar en aquellos edificios, de altas chimeneas donde recibirían una “ducha liberadora”.

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Después de interminables gritos de agonía sólo les esperaban los Sonderkomandos, grupos de presos como ellos, que sacaban sus cadáveres y antes de quemarles en los hornos, expoliaban hasta sus dientes.

Hoy, al final de las vías, solo queda un conjunto de ruinas, que son todo lo que los alemanes dejaron en su huida y unas velas encendidas sobre los raíles que alguien acaba de depositar.

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Abandonando el andén, en la zona izquierda se encontraba el campo de las mujeres. Nosotros nos adentramos, cruzando la alambrada en la zona de los hombres.

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Atravesamos una zanja donde, desde una fotografía, nos observan los ojos vacíos de los que la excavaron y nos detenemos ante una fila de barracones de madera.

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Entramos en el primero, vacío, parece lo que realmente era cuando se diseñó, un gran establo. En el segundo, con las literas alineadas y una fila de agujeros redondos, a modo de letrina en un costado, se nos hiela la sangre.

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Faltan los olores nauseabundos, los temores a los de fuera y a los de dentro, el frío del invierno polaco, la humedad, las chinches, las pulgas, las ratas.

Faltan los cuerpos, marcados, desnudos y famélicos, los moribundos nocturnos, los cadáveres del amanecer, el amasijo de seres que se apiñaban unos con otros, buscando el calor animal con su condición humana casi perdida.

Pero quedan los fantasmas, el sufrimiento de los que aquí pasaron días y noches esperando su final cierto y tratando de sobrevivir un minuto más, primero incrédulos y desorientados y luego resignados, anulados en medio del terror.

Es difícil oír las explicaciones de la guía en este lugar, así que me limito a tocar lo que aquí queda y observar de reojo las reacciones de los míos. Al salir procuro hacerlo el último, para contemplar sólo aquel lugar infame que no hace tanto tiempo sirvió de tránsito final para miles de personas que en nada se diferenciaban de nosotros.

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Atravieso la puerta pensando en tantos otros que lo hicieron antes que yo, muchas veces desnudos y aterrados para pasar por los ojos de quienes les seleccionaban y les mandaban, como ganado, a las cámaras de gas.


Nos vamos, salimos del recinto y nos dirigimos al autobús, a lo lejos se alzan dos chimeneas y la guía nos indica que en ese lugar se localizaba Auschwitz III – Monowitz. Allí estaba La Buna, la mayor de las fábricas en las que trabajaban presos como esclavos. De allí quedaron unos pocos supervivientes, entre ellos Primo Levi, judío italiano que tuvo “la suerte de ser olvidado” con otros 800 en la enfermería, librándose así de la marcha mortal a la que sometieron a los que quedaban en el campo cuando los alemanes lo evacuaron huyendo del avance ruso, de aquella peregrinación invernal nadie sobrevivió.

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Gracias a su testimonio, hoy podemos conocer algo del sufrimiento y de las condiciones a las que fueron sometidas millones de personas bajo el terror de los campos de concentración, el terror de los Lager.

Desde el autobús, al pasar sobre las vías contemplo por última vez, La Boca del Infierno sabiendo que nunca la volveré a ver pero que nunca la podré olvidar.

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2 comentarios en “AUSCHWITZ – BIRKENAU, UN DESCENSO A LOS INFIERNOS – (Parte II)

  1. Un lugar terrible, pero de visita obligada. He estado un par de veces y no me arrepiento, pero no creo poder volver a ir, prefiero estudiar el Holocausto desde la distancia. Enhorabuena por tu artículo.

    • Como bien dices lugar de visita obligada, mas allá del conocimiento que cada uno tenga del inexplicable holocausto, la sensación de compartir aquel espacio por unos instantes es algo muy dificil de describir.
      Gracias por tu comentario.
      Luis.

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