UN PEDACITO DE ROMA EN MIRANDA

1Sólo es barro, nada más, pero la arcilla informe en manos de un alfarero hispano se convierte como por arte de magia en un utensilio eterno. No tiene apenas valor, pero su existencia marca el camino de la civilización.

Las vasijas, los platos, las lucernas o las ánforas que utilizaban los ciudadanos que habitaban Deóbriga, se adornaban sabiamente con las manos expertas de artesanos asentados en los valles del Ebro y del Najerilla.

Con la destreza que hizo que su producción se extendiera por toda la Hispania Romana y traspasara sus fronteras, aquellos hombres trabajaban la terra sigillata adornándola con bellas figuras vegetales y animales fantásticos.

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Pero entonces, como hoy, lo que parece eterno e indestructible, poco a poco se vuelve efímero y en ocasiones puede desaparecer.

Un proceso imparable, para aquellos de los que somos herederos, hizo que su civilización se hundiera, haciendo que muchos de sus asentamientos cayeran en el olvido.

De Deóbriga, ciudad de origen prerromano, poblada anteriormente por el pueblo autrigón, una de tantas situadas al pie de sus calzadas y a orillas del Ebro, se perdió incluso su localización y enterrada por siglos de ignorancia, apenas quedó su recuerdo.

Siempre hemos sospechado que duerme en los alrededores de lo que hoy es  Miranda de Ebro y, gracias a las nuevas técnicas de investigación y al trabajo de jóvenes arqueólogos, por fin desde hace poco más de una década podemos afirmar que a los pies del Cerro del Infierno, a orillas del Ebro, junto a la desembocadura del río Zadorra, descansa, sobre los cimientos de un asentamiento celtíbero.

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Allí, bajo tierra, espera mejores tiempos que permitan revelarnos lo que un día fue, pero de vez en cuando, como si reclamara la gloria de su pasado, desde el fondo de sus entrañas, nos manda alguna señal.

Un día de otoño, paseando junto al cerro que le sirvió de defensa, se cruzó en mi camino uno de aquellos trocitos de cerámica roja, sucio y lleno de barro, que por casualidad rescaté de las ruedas del tractor que lo acababa de extraer de la tierra.

Sorprendentemente, cuando lo limpié, ante mis ojos apareció pequeña y majestuosa una  figura fantástica con cabeza de águila y cuerpo de león, a la que  hace muchos siglos dio forma uno de aquellos hábiles alfareros romanos.

Hoy, porque 2000 años no son nada, como si acabara de salir del horno, el pequeño “Grifo” renacido, vuelve a ocupar su lugar en el hogar de un hispano a orillas del Ebro, junto a la desembocadura del Zadorra.

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4 comentarios en “UN PEDACITO DE ROMA EN MIRANDA

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