MUNICH, “LA CALLE DE LOS TRAMPOSOS, LA CALLE DE LOS VALIENTES”

1Delgada es la línea que separa a los que tienen valor para mantener sus principios frente a los que se doblegan y alzan el brazo con temor, para acallarlos.

Así de delgada es la hilera de adoquines dorados que en una apartada calle de Munich, homenajea a los traidores al régimen nazi, que con un sencillo gesto se negaban a seguir las directrices de aquel sistema irracional.

Todo empezó diez años antes de que el partido nacionalsocialista llegara al poder, la mañana del 9 de Noviembre de 1923.

2Aquel día, una multitud había recibido en la Marienplatz a unos 2.500 hombres encabezados por los líderes del NSDAP y por el general Ludendorff.

El día anterior, Adolf Hitler, acompañado por sus correligionarios, había entrado a la cervecería Bürgerbräukeller, donde el gobernador de Baviera pronunciaba un discurso ante 3.000 personas, y pistola en mano desde una silla, había gritado que en aquel momento había comenzado la revolución nacional.

En aquellos días, la joven República de Weimar estaba debilitada, incapaz de hacer frente a los gravísimos problemas económicos, con una hiperinflación insostenible se había negado a realizar los pagos por las reparaciones de guerra y, como respuesta, el Rhur y otros territorios habían sido invadidos por franceses y belgas.

En el descontento de una población que sobrevivía a duras penas, vieron los nacionalistas la oportunidad de alcanzar el poder. Pero aquella mañana no salieron las cosas como los hombres de camisa parda habían previsto. Al amanecer, las SA, al mando de Ernst Röhm, ocuparon el Ministerio de Defensa de Baviera y en el enfrentamiento con las fuerzas del gobierno, tuvieron dos bajas.

Por otra parte un confiado Erich Ludendorff había liberado a los tres gobernantes bávaros que habían estado retenidos en la cervecería bajo  palabra de que apoyaban la “revolución nacional”, pero una vez en libertad su actitud se mantuvo con firmeza al lado de la legalidad y dieron órdenes inmediatas al ejército y a la policía de detener la sedición.

Por ese motivo los nazis marchaban hacia el centro de la ciudad pensando en que su acción intimidatoria evitaría que los soldados y policías actuaran contra ellos.

Llegados a la Marienplatz y animados por la masa de gente que allí se había reunido, decidieron continuar su avance para encontrarse en el Ministerio de Defensa con las fuerzas de Röhm, para ello debían cruzar la Odeonsplatz, pero justo a la entrada de la plaza, se encontraron con un grupo de policías que les bloqueaba el paso.

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Sonó un disparo y comenzó el enfrentamiento, al final, 14 insurrectos y cuatro policías murieron. Hubo multitud de heridos, entre ellos Hitler, detenido dos días después y Göring, que consiguió escapar.

Lo que sucedió después forma parte de la historia y, aunque estaba lejos el día en que aquel exaltado de pequeño bigote y fácil oratoria llegara al poder, cuando lo hizo no olvidó a los que habían derramado su sangre junto a él y diez años después los convirtió en mártires. 4

Los 14 militantes nazis muertos por la policía junto a la Feldherrnhalle (Monumento a los generales alemanes) y los dos caídos frente al Ministerio de Defensa, fueron considerados mártires y héroes del Movimiento Nacional-Socialista. En 1933 sus restos fueron trasladados hasta el mismo Panteón de la Odeonplatz y cada 9 de Noviembre se les rendía un impresionante homenaje revestido de toda la parafernalia fascista en la simbólica plaza donde, en 1914, alguien fue capaz de reconocer en una foto al joven austriaco, aprendiz de pintor, que celebraba exultante el principio de la Primera Guerra Mundial.

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Desde entonces y durante los doce años que duró la pesadilla nazi, toda persona que transitaba por aquel lugar tenía la obligación de presentar su respeto a los héroes alzando el brazo cuando pasaban junto a la placa con sus nombres,  lugar custodiado por una guardia militar.

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Pero no todo el mundo se plegó a aquella obligación, algunos ciudadanos de Munich esquivaban el monumento atravesando por la calle anterior. Una sencilla acción que no pasó inadvertida para los guardianes del Reich, que pronto utilizaron aquella calle llamada Viscardigasse para realizar controles y tomar nota del nombre de los que la atravesaban. Para ellos aquella era la calle de los tramposos y pasar por ella en más de una ocasión se convertía en motivo suficiente para poder ser represaliado.

Más de uno de aquellos valientes-tramposos tuvo como destino Dachau por un sencillo acto que en aquella oscura época se convertía en inmenso.

En una ciudad en la que las heridas tras setenta años siguen cerrándose, donde proyectos como Stolpersteine de Gunter Demning que intenta visualizar a las víctimas del holocausto es rechazado por sus autoridades municipales, la existencia de la pequeña senda dorada que recuerda un pequeño acto de resistencia, engrandece, sin duda, este silencioso homenaje.

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