VIA LIPOWA 4, OSCAR SCHINDLER FABRIK

1Allí sigue y su visión nos resulta conocida, esa es la primera sorpresa que nos llevamos cuando en nuestra visita a Cracovia nos acercamos en taxi a un polígono industrial a las afueras de la ciudad donde estuvo y sigue estando el edificio que albergó la fábrica de esmaltados de Oscar Schindler.

El cine inmortalizó aquella historia y aquel lugar y Spielberg, con su magia, nos hizo a todos partícipes.

2La forma en que nos acerca al drama a través de un empresario alemán, interpretado magistralmente por Liam Neeson, uno de tantos que se sirvieron de un sistema demoníaco, utilizándolo para sus intereses y como nos muestra su transformación, hace que la historia nos atrape. En el fondo, nos hace plantearnos cual hubiera sido nuestra actitud en aquella situación. Ser víctima o verdugo, por terrible que parezca, es sencillo cuando te ves a bocado a serlo, lo difícil es ser capaz de salirte del sistema y decidir por ti mismo.

Schindler lo hizo y salvó a miles de personas mientras contemplaba y convivía con el horror de los crímenes que sus compatriotas realizaban sin pudor.

Por eso, visitar el lugar donde todo aquello empezó, es algo más que realizar una visita turística, es buscar entre aquellas paredes la razón misma del ser humano, es buscar la diferencia entre el bien y el mal.

El edificio, que poco ha cambiado en su exterior, hoy alberga un museo, pero un museo muy especial,  algo muy vivo. Diversos espacios recrean ambientes y situaciones de la época, recuerdos del vencido ejército polaco, calles de la ocupación alemana, imágenes de los crímenes, ahorcamientos, asesinatos, recreaciones de la vida del gueto, con sus murallas, habitáculos en tamaño real donde los judíos intentaban ocultarse de la persecución, recreaciones de la vida cotidiana de las familias judías y al final, una sala con miles de nombres anónimos en recuerdo de los desaparecidos.

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Hemos visitado otros lugares como éste en Normandía, Alemania o Roma, pero aquí hay un ambiente diferente. La visión de las familias judías convertidas en espectros blancos es impactante y los ambientes de ocupación están muy bien logrados, la profusión de esvásticas que llegan a intimidarte es algo que en otros lugares no se ve.

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Existe la posibilidad de vivir las distintas épocas de ocupación, sellando los pases que se utilizaron aquellos años, tarjetas con la estrella de David para los judíos, otras con la cruz gamada y después la hoz y el martillo de la ocupación soviética.

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Y, paralelamente, la historia concreta de este lugar, un audiovisual protagonizado por el auténtico Itzan Stern, al que daba vida en la película Ben Kingsley. Nos cuenta la historia de aquel alemán, ambicioso, miembro del partido nazi, que apareció en Cracovia, como tantos otros, para hacer negocio utilizando la mano de obra esclava, y cómo se fue transformando ante la realidad del horror y cómo, utilizando sus dotes de embaucador, fue capaz de moverse por la corrupción del sistema para comprar la vida de más de mil personas a costa de jugarse la suya.

La figura de este hombre excepcional pone un poco de esperanza en la incomprensible actitud de esa marea fanática que constituyó el pueblo alemán en aquella ignominiosa época.

Es emocionante reconocer algunos lugares de la fábrica, como el despacho de Schindler, situado en lo alto de la escalera, recordado en una escena muy concreta de la película.

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Las poco más de dos horas de nuestra visita pasaron en un suspiro y nos hubiéramos quedado mucho más, intentando llevarnos un recuerdo de cada rincón, pero el tiempo es inexorable y el taxi con el que habíamos quedado nos estaba esperando.

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Hoy que las heridas mal cerradas vuelven a sangrar muy cerca de Polonia, y que en la vecina Ucrania la muerte se vuelve a vestir con capuchas negras, lugares como éste representan un rayo de esperanza y nos reconcilian de alguna manera con el ser humano.

Estos días que nos bombardean imágenes y noticias de la intransigencia que se vive en el este de Europa, no hago más que recordar las continuas alusiones que durante la semana de 2012 que permanecimos en aquel país nos hicieron despectivamente hacia los rusos para intentar entender cómo dos comunidades europeas vuelven a estar al borde del abismo, y pienso que más allá de soluciones sociales o económicas como las que se impusieron después de la Segunda Guerra Mundial, el virus del odio nacionalista es más fuerte que cualquier tipo de medicina política, y este brote que ya tuvo una primera crisis hace años en la antigua Yugoslavia, ahora va a ser muy difícil de parar.

Esperemos que los intereses económicos de la Europa de los mercaderes y del capitalismo desbocado mundial sean capaces de frenar el sinsentido que se avecina, aunque, por desgracia, para algunos de los herederos de los que sufrieron hace setenta años el horror genocida nazi y soviético en aquellas tierras, seguramente será tarde.

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