UNA ERMITA Y UNA BATALLA OLVIDADA

1Apartada de la ruta, a la vera de lo que un día fue el Camino Real que unía la meseta con la capital del reino, la Ermita de la Soledad, en el alto de Somosierra, conserva viva en sus paredes la historia de los hombres que una mañana de invierno de 1808, mezclaron su sangre y dejaron sus vidas en una de aquellas batallas olvidadas para algunos y elevadas a la categoría de leyenda para otros.

En cualquier caso, fue un importante episodio de la que nosotros vinimos a llamar Guerra de la Independencia y que desde aquel día de Noviembre, en el que el pequeño Emperador Bonaparte pasó victorioso ante ella, abrió la puerta a seis años de horror que, a pesar de terminar con la victoria patria, nos condenó a décadas de atraso y a un futuro de sin razón del que todavía no hemos sido capaces de salir.

2Polacos fueron los que abrieron el camino a un ejército invasor, que con Napoleón a la cabeza venía a restaurar el orden en un país
que rechazaba las ideas de la revolución. Un país y un pueblo que entendían que esas ideas no podían ser buenas si se imponían por la fuerza y que antepuso la lealtad a su rey déspota al francés ilustrado.

El 30 de Noviembre de 1808, muy cerca de este edificio, hoy revestido de recuerdos, las fuerzas españolas, comandadas por el general San Juan, habían colocado la última de las cuatro baterías que defendían el paso de Somosierra y que suponían la única opción de detener al ejército francés que avanzaba imparable hacia Madrid.

Aquella mañana de niebla, un variopinto ejército, formado por un sinfín de pequeñas unidades, esperaba apostado en las estribaciones del angosto paso, confiado en la ventaja que su posición les daba. Poco se parecían aquellos hombres mal pertrechados, que anteponían su voluntad a la falta de preparación militar, al imponente Grand Armeé, encabezado por el mismísimo Napoleón y curtido en mil batallas. Unas fuerzas nutridas no sólo por hombres provenientes de Francia sino de los distintos países europeos, que en años de conquista y alianzas se habían ido uniendo a él.

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Este era el caso del Regimiento de Caballería Polaca cuyo tercer escuadrón formaba parte aquella mañana de la guardia del Emperador.

Bonaparte acudía a España con el grueso de su ejército para imponer su ley, después de la derrota de Bailén y en su camino ya había destrozado a las fuerzas españolas en Espinosa de los Monteros, Burgos y Tudela, ahora sólo un pequeño obstáculo le impedía llegar a Madrid para coronar a su hermano como Rey.

El Puerto de Somosierra era la puerta que había que derribar y superar las cuatro baterías que el general San Juan había dispuesto en el camino hasta la cima era la clave que le daría la victoria.

Eran las siete de la mañana cuando Napoleón ordena a sus edecanes que empiecen a mover sus hombres, y de este modo, desde Cerezo de Arriba el Mariscal Víctor inicia el silencioso avance, bajo una impresionante niebla que en principio les protege y apoya. En principio se realiza sin demasiada dificultad hasta que una vez que gran parte de sus fuerzas sobrepasan un pequeño puente de piedra, son barridos por la artillería española que les causa un gran número de bajas y paraliza su marcha.

Bonaparte no podía consentir aquel retraso, por lo que mirando de soslayo a los Cuerpos que tenía detrás, conociendo de sobra la gran arma psicológica que era la caballería, especialmente “sus polacos”, les gritó a aquellos maestros del sable a caballo:

¡Polacos, capturadme esos cañones!

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Dio comienzo entonces uno de esos episodios que con el tiempo se convierten en épicos y elevan a héroes a los que los protagonizan.

Seguramente el momento en que se produce poco tiene que ver con la gloria, y poco tenga de épico el horror de una batalla, pero el caso es que de una u otra forma aquellos hombres, a los que nada se les había perdido en España, avanzaron colina arriba, blandiendo sus sables, en una carga suicida en pos de los cañones que vomitaban fuego sobre ellos.

5La impresionante formación compuesta por 216 jinetes inició su impetuoso avance progresivamente, se acercaron con cautela protegidos por la niebla y cuando estaban a 300 ó 400 metros de las posiciones españolas, picaron espuelas e iniciaron un impetuoso y firme ataque que solamente fue frenado en un primer momento por el fuego de la artillería, que casi a bocajarro echó por tierra a los primeros jinetes.

No por ello se amilanaron y, animados por sus oficiales, prosiguieron su avance esquivando los cuerpos de los caídos. Antes de que los artilleros tuvieran tiempo de recargar sus cañones, los polacos consiguieron saltar sobre el baluarte español, estableciéndose entonces una lucha desigual en la que los sables, manejados con excepcional destreza, constituían un arma terrible que acabó con la mayoría de los artilleros ante el terror de los pocos que consiguieron escapar.

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Sin apenas detenerse, la caballería prosiguió su ascenso abandonando la posición, que sería asegurada por los infantes que venían tras ellos. Reforzados por la llegada de otro pelotón de caballería y entre las balas de los fusileros apostados en los lados del camino, reciben la descarga de la segunda batería, a la que apenas divisan tras una curva. Son pocos los que caen pues la posición de los cañones no era la más idónea, y por este motivo el coste en vidas que se produjo en su toma fue menor que en la primera.

A estas alturas de la batalla, ya son muchos los jinetes que descabalgados luchan a pie y avanzan mezclados con la infantería, entre ellos el coronel Kozietulsky, que hasta entonces había dirigido el ataque pero que, contusionado después de haber sido alcanzado por la descarga de la segunda batería, deja el mando al capitán Dziewanowski, que es quien tomará la responsabilidad de proseguir con el ataque a la tercera.

Con el terreno un poco más abierto, los jinetes se dispersaron y la andanada de los cañones alcanzó a los que iban en cabeza. El capitán Dziewanowski cayó con un brazo y una pierna destrozados, días después murió en un hospital de sangre de Madrid. A su edecán, el teniente Rowicki, el disparo le arrancó la cabeza y a su alrededor muchos hombres cayeron bajo el fuego de las descargas cerradas de fusilería de los infantes españoles, mejor apostados que en los anteriores puntos de aquel largo y tortuoso camino.

Pocos eran los jinetes que seguían sobre sus monturas pero sable en mano, a pie o a caballo consiguieron tomar la tercera batería.

El mayor reto era el último, ante aquellos 38 jinetes polacos que se acercaban al galope se encontraba la cuarta batería, la más numerosa en piezas y hombres, ¡La inconquistable! El teniente Niegolewski, que es quien ahora mandaba a los polacos, veía cómo caían los hombres a su alrededor, pero a pesar de todo es de los pocos que consigue llegar a la línea artillera y rebasarla, mientras evoluciona con su sable su caballo es alcanzado por un disparo y cae sobre él, en el suelo recibe nueve bayonetazos y un golpe de sable en la cabeza, dejándole por muerto.

Niegolewski no murió y el 10 de marzo de 1809 recibió la legión de honor.

7Pasado el primer instante de terror, los españoles se dan cuenta de la poca fuerza enemiga que ha llegado a su posición, por lo que se recomponen y recuperan la batería, haciendo que franceses y polacos se replieguen hasta la tercera.

Pero será por poco tiempo ya que con la llegada de un escuadrón de coraceros y otro de caballería polaca, se producirá la carga definitiva de unos doscientos jinetes, imposible de detener para los defensores.

La desbandada es general y los soldados españoles huyen despavoridos en todas direcciones. El general San Juan, a pesar de las dos grandes heridas que tenía en la cabeza intentaba contener a sus tropas, pero todo era inútil, ya nadie le escuchaba, al contrario que aquellos suicidas polacos, esos hombres tenían apego a la vida e intentaban escapar de una muerte segura.

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A la vista de la inutilidad de sus esfuerzos, él también escapó hacia Segovia, pero más le hubiera valido dejar su vida con honor junto a aquella Ermita de Somosierra porque pocos días después, el 7 de Diciembre en Talavera de la Reina, cuando intentaba mediar entre la multitud de soldados que habían huido de Madrid tras su capitulación, se metió entre ellos confiado en que todos le conocían bien, cuando los más exaltados, no se sabe muy bien por qué, le atacaron y a pesar de estar convaleciente de las heridas recibidas en la batalla, le asesinaron alevosamente y no contentos con ello le colgaron por los pies de un árbol acribillándole a balazos y apedreando el cadáver.

En cualquier caso, aquella temeraria carga, posiblemente absurda e inútil, porque ante la superioridad de las fuerzas atacantes el obstáculo de Somosierra se hubiera superado tarde o temprano y seguramente con menores pérdidas humanas, inmortalizó a unos hombres que, siendo extranjeros en un ejército extranjero, antepusieron su obligación militar y su honor, a su propia vida.

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El valor de unos hombres y la sin razón de una época se unen en el homenaje que dos siglos después se sigue rindiendo en aquella pequeña ermita a la vera del camino, en la antigua carretera de Madrid.

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