ACEITE DE APARICIO. UN APARICIO EN EL QUIJOTE.

 

1Quiero suponer que no hay aldea tan llena de Aparicios como la del Pinar. Y sospecho que pocos de esos Aparicios sabrán que ese nuestro apellido aparece en el Quijote, en el capítulo 46 de la segunda parte:

Es de noche. Sancho no está. Don Quijote está solo en su aposento de huésped en el palacio de los duques que gozan poniendo en ridículo a su pintoresco huésped con sus bromas entre pesadas y crueles. Solo está el pobre caballero, solitario, desamparado y triste, mientras su entrañable Sancho, con su buen juicio, está dejando boquiabiertos a quienes en la isla, que no es isla, esperaban divertirse a su costa.

Es de noche, y a los duques no se les ocurre nada mejor que meterle a Don Quijote unos gatos por la reja de su ventana. Don Quijote se lía a estocadas con los gatos. Todos menos uno consiguen escapar, pero el que queda, presa de pánico, salta a la cara de Don Quijote, le muerde, le araña, le deja hecho un Cristo:

“Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio…”

Ahí tenemos a nuestro Aparicio.

El aceite de Aparicio, que en latín se llamaba “oleum magistrale”, era una pomada contra las heridas, muy apreciada y muy cara. Tan cara que había un dicho que rezaba: ”Eso es tan caro como el aceite de Aparicio”. Y el dicho aceite era tan caro no sólo por ser muy apreciado, sino porque nadie más que su autor conocía la fórmula. Y el autor no era otro que un curandero morisco llamado Aparicio de Zubía nacido en Lekeitio. Así que el tal Aparicio, además de morisco era vasco de apellido y de nacimiento. ¿Quién lo iba a decir? Tuvo la suerte de haber vivido en la primera mitad del siglo XVI, (murió en 1566), pues así no tuvo que sufrir la expulsión de los moriscos, decretada en 1610 por el pasmado rey Felipe III, ni estuvo expuesto, de haber vivido en pleno siglo XX, a ser víctima de los pistoleros purasangres y sanguinarios, que si les dejan habrían conseguido que lo vasco provocara vascas.

Pues bien, ese curandero vascomorisco no debía de tener nada de tonto, pues se inventó una fórmula que se las trae, y la mantuvo en secreto, con lo cual se aseguraba el monopolio. La versión que aparece en 1794 en la ‘Farmacopea Hispana’ consta de aceite de oliva, hipérico, romero, lombrices de tierra, trementina, resina de enebro, incienso y almáciga en polvo. Sabemos incluso cómo se prepara:

Sobre el aceite de oliva se añaden sumidades florales de romero y de hipérico, y ruda. Durante tres días se deja digerir en caliente la mezcla, y se adicionan las lombrices de tierra. Se cuece todo a continuación hasta que se consume la humedad y se cuela todo, disolviendo en el líquido que queda trementina buena, resina de enebro en polvo, incienso en polvo y almáciga en polvo.

Su mujer se llamaba Isabel Pérez de Peromat apellido éste que a mí, que soy ignorante, me suena a catalán. Pues bien, catalana o no, su mujer, al quedarse viuda en 1566, ofreció a la corte de Madrid la fórmula del aceite de Aparicio, consiguiendo a cambio una renta anual de 60 ducados, con la obligación de publicar la fórmula con una tirada de 2.000 ejemplares. Parece ser que la buena señora Pérez de Peromat, viuda de Aparicio de Zubía, no debió de quedar muy contenta con lo negociado, pues parece ser que la fórmula que publicó no era del todo fiel al original. Yo no sé si 60 ducados anuales daban para mucho. Así que no sé si he de darle la razón a la señora al publicar una fórmula que difería un tanto de la que consta en la ‘Farmacopea Hispana’.

Es una pena que yo no sepa más acerca de aquel Aparicio, de quien quizás viniera mi padre y el padre de mi padre, y así sucesivamente, hasta llegar, por senderos intrincados, a Lekeitio, y descubrir al curandero Aparicio de Zubía hablando en euskera con sus pacientes lekeitianos.

No sé por qué caminos los Aparicios llegaron a la Aldea del Pinar. Sé que mi padre, Doroteo Aparicio Sanz, nació en Aldea del Pinar el 28 de marzo de 1901, lo que le permitía ufanarse, más en broma que en serio, de haber nacido con el siglo, dando a entender con una mueca irónica que bien sabía él lo poco bueno y lo mucho malo que había traído el dicho siglo, aunque él tuviera la suerte de no haber tenido que participar en las dos horrendas guerras que se dio en llamar mundiales.

2

Pero la guerra incivil española la pasó enterita en el frente. Tuvo la suerte de volver vivito y coleando a donde le esperaban una mujer y cuatro hijos, que no fue en la Aldea sino en Villadiego, donde nací yo el año 1940. Mi padre no volvió a la Aldea más que de visita. Murió en Miranda de Ebro. Mi padre, que yo sepa, nunca leyó El Quijote. Así que no tuvo, como yo, el placer de encontrar su apellido en el libro más famoso y bello de la literatura española.

Pero mi padre me enseñó a leer.

Guillermo Aparicio

Para servir a Dios y a Usted.

 

Una curiosa intrahistoria del genial Quijote y un homenaje al abuelo Doro, escrita por la brillante pluma de mi querido tío Guillermo.

 

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4 comentarios en “ACEITE DE APARICIO. UN APARICIO EN EL QUIJOTE.

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