¡A formar!

En la Escuela Villa no nos juntábamos chicas y chicos. Apenas si nos veíamos. Ellas estaban en el piso de arriba, nosotros en el de abajo. Ellas tenían maestras, nosotros teníamos maestros. Nosotros formábamos filas por la mañana en el patio, ellas no.

«¡A formar!»

Y a formar tocaban. Formábamos filas por clases y por estatura:

“¡Numerarse!”

“Uno, dos, uno, dos…”


1Al cantar el número volvíamos la cabeza y la vista hacia la derecha. Con el brazo derecho tocando el hombro del de delante habíamos marcado la distancia correcta. “Uno, dos, uno, dos…” El gracioso o el despistado de turno dejaba a veces escapar un “tres”, lo que provocaba la hilaridad general de los formados y la ira del maestro formador. La bofetada no se hacía esperar.

Una vez formados y numerados cantábamos el “Cara al sol con la camisa nueva…” Nuestras variantes eran bien modestas: “con la camisa vieja” o “con la camisa rota”. Mucho más allá no llegábamos en nuestra inocente osadía. Y no era mucho lo que entendíamos del “cara al sol”, con su calidad poética más que dudosa:

Cara al sol con la camisa nueva
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.

(…)

Volverá a reír la primavera,
que por cielo, tierra y mar se espera.
Arriba escuadras a vencer
que en España empieza a amanecer.

Llegados a este punto el maestro de turno daba los gritos de rigor:

“¡Viva España!”

“¡Viva!” – gritábamos a coro desaforados.

“¡Viva Franco!”

“¡Viva!”

“¡España!”

“¡Una!”

“¡España!”

“¡Grande!”

“¡España!”

“¡Libre!”

“¡Arriba España!”

“¡Arriba!”

“¡Caídos por Dios y por España!”

“¡Presentes!”

 

Sin transición se entonaba el “viva España, alzad los brazos, hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir…” Era el himno nacional, del que estábamos muy orgullosos por su melodía, tanto que a veces comentábamos que seguro que era el himno nacional más bonito del mundo. Nos parecía inimaginable algo mejor.

En lugar del “cara al sol” cantábamos a veces el “prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras van…”, que a mí me gustaba mucho más:

Prietas las filas, recias, marciales
nuestras escuadras van.
Cara al mañana, que nos promete
Patria, Justicia y Pan.
Mis camaradas fueron a luchar,
el gesto alegre y firme el ademán…

 Eso del ademán no lo entendíamos, así que cantábamos «el gesto alegre, firme el alemán”.

Pero la canción predilecta de todos nosotros era aquella de las “montañas nevadas”. Y veo hoy que no demostrábamos mal gusto, al menos por lo que toca a la música, melodiosa, y todo menos marcial, aunque el texto mismo no diera para un Premio Nobel.

La mirada clara, lejos,
y la frente levantada,
voy por rutas imperiales
caminando hacia Dios.

Quiero levantar mi Patria,
un inmenso afán me empuja,
poesía que promete
exigencia de mi honor.

Lo más bonito era el estribillo, un estribillo más bien largo:

Montañas nevadas,
banderas al viento,
el alma tranquila.
Yo sabré vencer.
Al cielo se alza
la firme promesa,
hasta las estrellas
que encienden mi fe.

Si mal no recuerdo, en lugar de “yo sabré vencer”, que no era nada fácil de entender, cantábamos algo mucho más de acuerdo con los conceptos religiosos de que la canción estaba plagada: el alma, el cielo, la promesa, la fe… Nosotros cantábamos Dios sabe vencer, o Dios ha de vencer. Hay que reconocer que aquella variante nuestra, aunque nacida de la ignorancia, correspondía mejor a la mística del nacionalcatolicismo.

No sé ya cuándo teníamos que alzar el brazo a lo fascista. Creo recordar que mientras se daban los gritos de rigor y durante el himno nacional.

Una vez listos con el himno nacional venía el “¡rompan filas!” No sé por qué‚ de repente, nos trataban de Usted. Y nosotros rompíamos filas. Y comenzaba la algarabía del recreo en aquel patio trasero de la escuela. El patio de la escuela era un trapecio irregular con una tapia no muy alta que por fuera daba al terraplén de la vía. Del lado que daba a la vía se alzaba un gran plátano y una buena parte del suelo del patio la ocupaba un gran mapa de la Península hecho de líneas de cemento rojo, con puntos de cemento rojo distribuidos por toda la superficie, puntos que representaban las capitales de provincia, pero sin sus nombres. Uno de los juegos didácticos, que no eran muchos, consistía en instalarse sobre uno de aquellos puntos o círculos de cemento rojo cuando el maestro pronunciaba el nombre de una capital de provincia. Ganaba el que primero se plantara en el círculo correcto. Creo que la fantasía didáctica de nuestro sistema pedagógico no llegaba mucho más allá.

Guillermo Aparicio. “La Calle Nueva”.

Anuncios

Un comentario en “¡A formar!

  1. Pingback: ¡QUE NOS LLEVAS A LA CÁRCEL! | Hablemos de historia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s