SAINT- MALO, CIUDAD CORSARIA DE BRETAÑA

1Llegar a Saint-Malo después de contemplar la increíble visión de Saint Michel es volver a sorprenderse.

No están muy alejados los dos lugares, pero si la imagen de la famosa abadía, que todos tenemos en la retina, nos impacta desde mucho antes de llegar a ella, a la ciudad bretona hay que entrar por una de sus puertas y ascender a sus murallas para ser conscientes de la maravilla que tenemos a nuestros pies.

2Los impresionantes muros, que datan del siglo XIII, protegen en su interior un laberinto de callejuelas y plazoletas que conservan ese ambiente marinero tan peculiar. Las calles empedradas que un día fueron transitadas por mercaderes y corsarios, reciben a los turistas, con la algarabía de músicos callejeros, bares y restaurantes, tiendas de artesanía y souvenirs.

Recorrer el camino de ronda, para ir descubriendo sus casonas y palacios en el interior y las distintas imágenes del mar que la rodea, es la mejor experiencia para tomar contacto con ella.

3Es un espectáculo contemplar la inmensa playa que la marea baja deja junto a la muralla y en ocasiones podemos ser testigos del sorprendente avance del mar que como un caballo desbocado, se acerca de forma vertiginosa. 

Cuando llegamos a la explanada que domina la muralla en un extremo de la ciudad, podemos contemplar la imagen de los bañistas disfrutando en la piscina natural que queda al descubierto al retirarse el mar, y con esa visión es difícil imaginar el rugido de los cañones que nos rodean o el olor a Napalm que por primera vez se utilizó aquí en la Segunda Guerra Mundial.

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Por su situación en la desembocadura del río Rance, Saint -Malo ha tenido una historia convulsa, llena de asedios, ataques piratas e incendios e incluso declaraciones de Independencia. Entre 1490 y 1493,  se declaró república independiente, tomando como lema “no franceses, no bretones, pero sí malvinos”.

Curioso es que el lejano archipiélago de las islas Malvinas, situado a unos 500 kilómetros del Estrecho de Magallanes, deba su nombre a esta localidad. Fue en 1762 cuando el explorador y navegante francés Louis Antoine de Bouganville, fundó con navieros malvinos una estación marítima, que al año siguiente poblaron colonos venidos de Saint-Malo. Al cabo de dos años fueron expulsados por españoles desde Argentina, pero el nombre perduró.

6Saint-Malo, como muchas localidades normandas y bretonas, sufrió los rigores de la guerra hace 70 años, y aquí concretamente cayeron las bombas incendiarias americanas en agosto de 1944 para desalojar a los alemanes que se habían hecho fuertes en el interior de la ciudad vieja. Como en tantas ocasiones, el castigo fue desmedido y gran parte de la ciudad quedó destruida. De lo que hoy podemos disfrutar es el resultado de muchos años de reconstrucción.7

La visita a Saint-Malo no estaría completa sin detenerse a descansar en la terraza de uno de sus muchos restaurantes, para degustar, por ejemplo, una de las interminables raciones de mejillones que tanto abundan en esta zona. Y después, antes de despedirnos de la ciudad, descubrir el encanto de alguno de sus cafés.

Cuando volvemos a cruzar la puerta de Saint Vicent, nos vamos satisfechos de haber podido conocer una ciudad que un día fue independiente y que por encima de franceses o bretones sigue manteniendo su carácter peculiar de “malouins”.

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