ICH BIN DEUTSCH

1El frío penetra en su piel cuando baja la cuesta que le conduce hasta el colegio. Atrás queda la protección de su hogar y los sonidos clandestinos que antes le protegían. Desde hace un tiempo las palabras que le mecían en su cuna y llenaban las canciones de su niñez, se han convertido en mensajes prohibidos que hay que enviar en voz baja.

No sabe muy bien por qué, pero entiende desde un día que un profesor le mandó callar y sus compañeros le insultaron con aquel extraño adjetivo, que las palabras que sus padres pronuncian, no les gustan a sus compañeros. Sabe que siempre ha sido divertido expresarse en dos idiomas, porque cuando hablaba con sus hermanos y no quería que los demás se enterasen podía hacerlo, así se sentía importante. Pero ahora, aquel privilegio se había transformado en algo peligroso, ahora, cuando de su boca salía un sonido diferente, cuando hablaba en alemán, alguien le insultaba, de repente, se había convertido en un nazi.

Compartí mesa con él  en una agradable cena en la casa de Apa y Finni en Winennden, hace poco más de cuatro años. Era un octogenario abatido por una enfermedad degenerativa pero seguía manteniendo un porte imponente. A pesar de no tener ninguna lengua en común, con sus pequeños conocimientos de italiano y las buenas intenciones de los dos pudimos comunicarnos un poco.

Lo que yo sabía de él, porque me lo había comentado mi tío, que ejercía de anfitrión, era que un amigo polaco iba a venir a cenar, así que en un momento de la curiosa charla se me ocurrió preguntarle, George, usted es polaco, ¿verdad?. Ich bin Deutsch, fue su respuesta y el tono cambió en un instante.

Poco más recuerdo de aquella cena, porque a partir de ese momento yo apenas participé en la charla que se desarrollaba en un idioma que me era totalmente ajeno, pero aquella frase cortante y el tono que empleó George conmigo no me dejaron indiferente. Acabada la velada, nuestro invitado se despidió cortésmente y volvió a ser el simpático alemán que se esforzaba por comunicarse en un improvisado italiano.

2bisTeschen, en  Silesia, es una de esas regiones centroeuropeas que ha sido moneda de cambio entre naciones durante siglos. Poblada por habitantes de diferentes orígenes, checos, polacos, prusianos, austriacos, desde mediados del siglo XVII pertenecía al Imperio austriaco aunque gran parte de la región, la Alta Silesia, pasó a dominio prusiano a mediados del siglo XVIII.

En 1918, tras el desmoronamiento del Imperio austro-húngaro y alemán con la derrota en la Primera Guerra Mundial, aquellos territorios se convirtieron en motivo de conflicto por las pretensiones de polacos y checos que presentaron sus respectivas reivindicaciones históricas para hacerse con unos territorios que en algún momento del pasado les habían pertenecido.

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El conflicto se saldó en 1920  tras una serie de enfrentamientos y culminó con la partición entre los dos países, quedando la minoría germana como mera espectadora en el reparto de sus tierras sobre las que ya no tenían ningún derecho.

De esta manera, la zona polaca de la Silesia de Teschen, quedó étnicamente dividida entre alemanes y polacos (con dos veces más polacos que alemanes); la zona checa quedó más mezclada, dividida entre polacos (47,8%), checos (35,8%), alemanes (11,4%) y otros (5%).

A mediados de aquella década nació George, polaco en una familia alemana.

La zona nunca estuvo exenta de tensión por las pretensiones de las distintas minorías, pero con la llegada de los años treinta los problemas sociales y étnicos se agudizaron. La política se radicalizó en toda Europa y en la zona de Teschen, sobre todo en la parte checa, se caracterizó por el apoyo incondicional de la minoría germana a las tesis del nacional-socialismo, que con su líder a la cabeza, reivindicaban constantemente la recuperación de los territorios perdidos tras la Primera Guerra Mundial. Por su parte, la minoría polaca de la Silesia checa influida por estos movimientos, reclamaba con más fuerza su propia autonomía.

2A finales de septiembre de 1938 tuvo lugar el Pacto de Munich, mediante el cual Checoslovaquia quedó indefensa ante el III Reich, y tras la invasión de los Sudetes, Polonia tuvo la oportunidad de tomarse la revancha ante los checos por lo sucedido en 1920, donde salió perjudicada en el reparto. No perdió la ocasión y en los primeros días de octubre pasaba a anexionarse el área habitada por polacos, al oeste de Teschen.

Poco menos de un año disfrutó el Mariscal Pilsudski de su fácil victoria  porque en septiembre de 1939, la Wermacht atacaba la frontera de Alemania, ocupando de esa manera el territorio de Teschen. Para los polacos comenzaba la pesadilla, pero para George y los suyos significaba la libertad.

Fascinados por los uniformes pardos, aquellos muchachos acogieron con entusiasmo la parafernalia nazi y pasaron de la marginación a imponer su “supremacía racial”.

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En los años en los que la guerra asolaba Europa y la bota totalitaria aplastaba sin piedad un país tras otro, el niño asustadizo se fue convirtiendo en un atrevido miembro de las Juventudes Hitlerianas. Adquirió responsabilidades y se convirtió en monitor de sus compañeros, pronto quiso ascender e integrarse en una organización superior.
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Siendo menor de edad solicitó su entrada en las SS, pero su padre, con la prudencia de haber vivido la terrible historia reciente y  la desconfianza en aquella gloria pasajera, se negó a firmarle la autorización. Hubo de conformarse con seguir en las Hitlerjugend, y con aquel uniforme, siendo poco más que un adolescente le tocó luchar.

Cuando el terrible monstruo del nazismo se derrumbó y el huracán soviético, cargado de ira y de sed de venganza asoló desde el este aquellas tierras, allí estaban esos fanáticos muchachos que poco pudieron hacer para parar el horror que ellos mismos habían provocado.

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George tuvo tiempo de ganar su particular batalla con la muerte una mañana en la que le tocó ser la avanzadilla de su pelotón. Al coronar una colina con escasa visibilidad, se dio de frente con tres soldados rusos que, apuntándole con sus armas le dieron el alto, él tuvo la sangre fría de contestarles en ruso, lo que sirvió para que los enemigos bajaran la guardia, y le dio la suficiente ventaja para acercarse y dispararles antes de que reaccionaran. No fue un acto valiente, fue un acto de guerra, fue un inútil crimen más pero él salvó su vida. Después esperó a sus compañeros y allí, junto a los cadáveres, descansaron celebrando la victoria.

De poco sirvieron aquellas muertes, como tantas otras, la marea soviética siguió su avance y aplastó sin piedad al ejército alemán que se replegaba para defenderse dentro de sus fronteras. Polonia fue “liberada” o más bien “reconquistada” por los soviéticos y los uniformados de la Wermacht o de las unidades hitlerianas que no huyeron, fueron exterminados o hechos prisioneros.

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Tras las alambradas de Auschwitz, junto a miles de prisioneros, acabó George. Los verdugos fueron encerrados en los mismos barracones en los que almacenaban a sus víctimas, antes del exterminio. Y allí, acompañado por uno de sus hermanos, al que reconoció milagrosamente por su silbido familiar, entre la masa de hombres derrotados, subió al tren.

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Partió al este desde un andén de muerte en un vagón de muerte. Durante el viaje hacia uno de los campos de Siberia todavía le sonrió la suerte cuando, en una parada en medio de la estepa helada, les permitieron bajar y tuvo que alcanzar el tren tras una carrera desesperada y a punto estuvo de quedarse en mitad de la nada. En Siberia soportó el cautiverio y vio morir a muchos de sus compañeros pero el destino quiso que esa condición de polaco alemán le permitiera sobrevivir.

Pasado un tiempo, los rusos fueron devolviendo prisioneros a sus hogares, pero para ellos había un criterio de prioridad, la nacionalidad. El ejército del Reich estaba compuesto por una multitud de hombres de los distintos países que había ido conquistando en casi seis años de guerra y por fin les llegó el turno a los polacos.

Aquel día George fue polaco, era su segunda lengua y con eso le bastó. Los últimos alemanes supervivientes volvieron a casa en 1955, quién sabe si lo hubiera podido soportar.

Regresó pero no a su hogar, millones de alemanes fueron expulsados de aquellas tierras después de la Segunda Guerra Mundial y él tuvo que empezar en la Patria destruida que nunca había conocido.

George hoy sigue vivo, le vi por última vez hace dos años, en su casa, y ya no era aquel hombre altivo pero simpático que se esforzaba en hablar en italiano conmigo.

La enfermedad seguía avanzando y sus ojos habían perdido su fuerza, esa fuerza que por un momento pude ver cuando su mirada se clavó en mí y por encima de sus casi nueve décadas, pude entrever al muchacho de camisa parda que me heló la sangre con su respuesta.

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 “Ich bin Deutsch”

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6 comentarios en “ICH BIN DEUTSCH

  1. Trazar el mapa de Europa según el “pincipio de nacionalidades” de Wilson fue una de las más nefastas decisiones posteriores a la Primer Guerra Mundial. Una decisión nefasta trae consecuencias nefastas. las fronteras de Europa son muy frágiles por ciertos lugares y el conflicto puede estallar de nuevo.

    • Gracias por tu comentario, tienes toda la razón y es algo que se puede percibir todavía hoy en día, el año pasado tuvimos la oportunidad de visitar Polonia y el tono de reproche que transmitían los guías continuamente era sorprendente.
      Es fácil imaginar la tensión que se tuvo que vivir aquellos años después de un reparto tan artificial.
      Por eso cuando indague un poco en la vida de aquel hombre pude entender el “pecado” que para él había cometido esa noche.

  2. Pingback: AUSCHWITZ, UN DESCENSO A LOS INFIERNOS – (Parte I) | Hablemos de historia

  3. Impresionante relato, un ejemplo más de las nefastas consecuencias que las decisiones políticas tuvieron para los ciudadanos. No sé si ponerme del lado de George o no, pero da igual, me quedo con su extraordinaria historia. Coincido con Hesperetusa en que buena parte de la responsabilidad descansa en Wilson y sus aliados, quienes prefirieron una salida fácil a los problemas étnicos europeos al final de la PGM. Ojalá y George siga vivo, y espero que pueda disfrutar de su familia y del simple hecho de seguir con nosotros. El pasado es lo que es.
    Muchas gracias por tan interesante entrada. Felices Reyes!

    • Muchas gracias por tu comentario, como tu bien dices el conocimiento de estas vidas nos acercan un poco mas a las consecuencias reales de los nacionalismos que por desgracia se utilizan tan a la ligera en tierras como la nuestra donde los mediocres que nos gobiernan utilizan demasiado a menudo conceptos políticos a la ligera sin medir las consecuencias.
      George vive, cuidado por los suyos aquejado de su enfermedad pero hoy todavia puede contemplar las preciosas colinas llenas de viñedos que rodean Stuttgart.
      He de confesarte que cuando conoci los detalles de su historia de labios de mi tio me sorprendi, porque en principio alguien con ese pasado me parecía imposible que hubiera coincidido en algo con mi familia alemana, y en cambio entre mis tios y él había autentica amistad.
      Hay un punto en común

    • Perdona, he cortado el comentario, lo continuo de nuevo.
      El punto en común es su pasión por la literatura, a mi tío lo puedes conocer un poco en mi blog porque he publicado algún articulo suyo:
      https://milrecuerdosdelpasado.wordpress.com/2014/11/01/que-nos-llevas-a-la-carcel/#more-946.
      Y esa pasión se traslada no solo a el sino a su mujer, la persona que lo cuida, y a la que también tuve la ocasión de conocer. Una mujer bastante mas joven que el y que te confesare que me fascino la tarde que estuvimos visitándoles, de un porte y una educación exquisita, no pude por menos que hacerle algún comentario a mi tío cuando nos despedimos. El me descubrió otra de esas fascinantes historias de la niña que un día fue, hija de un catedrático de Universidad, pero que en los oscuros años treinta ejerció de profesor en las elitistas escuelas creadas para los hijos de los jerarcas nazis.
      Como tu bien dices el pasado es el que es, pero cuando te lo encuentras de frente a veces provoca escalofríos.
      Un abrazo.
      Luis.

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