“…y la muerte también pasa.” (León Felipe)

 

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Vivíamos en el primer piso. El mirador daba a la calle. Así podíamos contemplar la vida en la Calle Nueva. Y la muerte también.

 El único vehículo que circulaba regularmente por la Calle Nueva era el carro de la fábrica de gaseosas, una plataforma de madera, grande y pesada, con un pescante y cuatro ruedas, tirada por un caballo imponente. Aunque nada entendiéramos de caballos, sabíamos que aquel caballo era un percherón.

Nosotros solíamos colgarnos de la parte trasera del carro, y así nos dejábamos llevar un rato. Nosotros teníamos de cinco años para arriba. Miguelín, en cambio, no contaba más que tres años y medio. Y con sus tres años y medio intentó Miguelín colgarse del carro de la fábrica de gaseosas, lo mismo que nosotros. Y el carro, con sus ruedas pesadas forradas de hierro, le pasó por encima de la cabeza. Yo llegué a verlo desde el mirador, pero no puedo reconstruir lo ocurrido. Veo solamente cómo las ruedas de atrás del carro pesado pasan por encima de la cabeza de Miguelín. La siguiente imagen que recuerdo es la de Miguelín, ya muerto, entre flores y velas, con los ojos cerrados, la cabeza hinchada y la cara azul.

María Luisa, nuestra vecina del primero derecha, la mujer de Ausín y madre de Upe, lloró desgarradora y desconsoladamente. Lloró durante días y semanas e incluso años. Se le quedó para siempre un tono triste de voz, casi plañidero.

Cuando muchísimos años después leí por primera vez los versos de León Felipe

Todo el ritmo de la vida pasa

por este cristal de mi ventana…

¡Y la muerte también pasa!

me vino a la memoria Miguelín, la Calle Nueva y las muertes – las muertes violentas – de niños que me tocó vivir de cerca en aquellos breves siete años que pasé en la Calle Nueva:

Luisín debía de tener seis años. Vivía al final de la calle, cerca de la vaquería. A Luisín le gustaba imitar a los niños mayores, correr sus riesgos, demostrar su valentía. No lejos de la Calle Nueva se represaba el Ebro para desviar el agua, en la otra orilla, hacia una central eléctrica modestísima. Allí donde el agua se encauzaba hacia la central, la corriente era fuerte y el cauce profundo. Una estrecha pasarela de cemento sin barandilla hacía de puente entre la presa y la orilla, por encima de la corriente fuerte y honda. Atravesar aquella pasarela andando era una prueba de valentía y virilidad, una señal de mayoría de edad. Yo nunca lo intenté. Los machitos valientes lo intentaban con éxito. Ida y vuelta. Luisín, con sus seis años, lo intentó también. No sé si la escena la contemplé yo mismo o la oí contar tantas veces y tan de cerca que la tengo presente con pelos y señales. Luisín resbaló y cayó al cauce. La corriente no permitió a los otros chicos acudir en su ayuda. Unos hombres lo sacaron más tarde inflado de junto a la reja que filtraba el agua antes de caer a la turbina.

 Y tres años debía de tener otro niño, cuyo nombre he olvidado, cuando el cristal de una ventana del entresuelo de la parte de atrás del cuartel viejo, mal sujeto con clavos y masilla, se desprendió y le hendió la cabecita, dejándolo en el sitio.

 “¡Y la muerte también pasa!”

Este relato forma parte de la “La Calle Nueva”, obra autobriografica y no publicada  de Guillermo Aparicio, que relata desde los ojos de un niño de los años cuarenta, como pasaba la vida por aquella calle que estando en Miranda de Ebro podía ser la de cualquier pueblo o ciudad de nuestra triste España.

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