LA AGONIA ETERNA DEL LEON DE LUCERNA

Casi dos siglos han pasado desde que de la informe pared de piedra, nació la fiera herida que, con la mueca de dolor en su rostro, en una agonía interminable, se esconde del bullicio de la ciudad tras un pequeño parque de Lucerna (Suiza). Los turistas se agolpan frente a él, se fotografían posando alegres, ajenos quizás a la tragedia que esconde.

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León de Lucerna


La obra, que el escultor danés Bertel Thorvaldsen, finalizó en 1821, recoge, con el realismo y la pasión propia del romanticismo de su época, el sentimiento de desgarro que supuso la tragedia por la pérdida de las vidas de 700 hombres pertenecientes a la Guardia Suiza, al servicio de Luis XVI. Hombres que fueron masacrados, en el palacio de Las Tullerías el 10 de agosto de 1792, por hombres que dirigieron la frustración de su rabia contra un monarca traidor, hacia aquellos mercenarios que consideraban cómplices de sus acciones.

Tuileries

«Vinieron diversas personas que decían que ya se había juntado mucha gente en la plaza delante de las Tullerías […]. Poco más tarde vino la nueva que los suizos habían hecho fuego sobre la plebe, y que la batalla había empezado. […] Las mujeres en nuestras casas eran nuestras mensajeras. Ellas nos traían las novedades. […] Una mujer nos avisó que la fortaleza real estaba en llamas. […] Luego mi mujer regresó de la plaza y contó que se arrastraban los cuerpos desmembrados de los suizos en las calles. Cada vez que uno pasaba con un pedazo de cuerpo de un guardia suizo en las manos, se oían voces que decían: ¡Toma! ¡Bravo, bravo! […] Queridas hermanas, no sé lo que tengo que hacer. Me rindo por completo al todopoderoso Dios. Que vosotras, queridas hermanas, lleguéis a ver esta mi carta triste, lo dudo mucho. Porque no os la puedo mandar por correo. Después de mi muerte, nadie os la va a traer. ¡Rogad a Dios por nuestras vidas! Adiós y no os entristecéis demasiado

 J. B. Good, un oficial suizo.

Desde el siglo XV, suizos fueron los que integraron la guardia personal de los reyes de Francia y no de forma casual, sino por el prestigio que habían conquistado desde el siglo XIII, con la participación en innumerables conflictos, formando regimientos de mercenarios voluntarios muy apreciados por las distintas monarquías europeas.

Vestidos con sus coloridos vestidos “Reisläufer” y armados con alabarda, daga suiza y espada bastarda, han llegado hasta nosotros y hoy les podemos ver en el Vaticano formando la Guardia Personal del Papa.

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Sus servicios como mercenarios tuvieron su apogeo durante el Renacimiento, cuando sus probadas capacidades de combate, que recuperaban antiguos esquemas clásicos, les hicieron muy eficaces y provocaron incluso importantes cambios en las tácticas militares y la organización de los ejércitos.

Pero hoy, desde la opulenta Suiza, pacifica como ningún otro lugar en el corazón de Europa, país peculiar, independiente siempre, a pesar de su pequeño tamaño y que ha sabido mantenerse a un lado de los terribles conflictos que asolaron el continente en el siglo XX. Se hace difícil entender por qué los hombres que la poblaron en otros tiempos dedicaban su vida a la lucha y abandonaban sus tierras para servir bajo estandartes ajenos.

Y la razón no era otra que la pobreza, esa pobreza que arrastró a las turbas enfurecidas a asaltar el Palacio de las Tullerías y que descargó su furia contra aquellos extranjeros que defendían a un rey infame. Era la misma pobreza que arrojaba a aquellos suizos de sus tierras alpinas , improductivas, que apenas les permitían subsistir y en las que abandonaban a sus mujeres e hijos, mientras ellos emigraban a buscar el sustento en tierras extrañas.

De aquella necesidad surgió su fiereza, y su eficacia se sustentaba en la solidaridad que entre ellos existía al estar a menudo compuestas sus unidades por gentes de la misma localidad, paisanos que luchaban unos junto a otros unidos por un gran vínculo.

Ese león agonizante, incapaz de escapar de su cárcel de piedra que descansa sobre el escudo marchito de la monarquía francesa, muestra su lealtad hasta el último suspiro a la causa que juró defender.

Su expresión guarda todo el dolor de un pueblo que, obligado a proteger intereses ajenos, ve cómo sus hijos son masacrados por otros que igual que ellos sólo intentan levantarse de la miseria a la que las clases privilegiadas les tenían sometidos.

A pesar de que para muchos liberales del siglo XIX esta imagen representó una afrenta que homenajeaba los valores del Antiguo Régimen, también podría ser la imagen del final de un camino que ya no tendría vuelta atrás.

El hecho es que este escondido mausoleo que Mark Twain calificó como “el monumento funerario más conmovedor y hermoso del mundo”, nos transporta a una época llena de pasión, en la que la sangre de los mercenarios se mezclaba con la de sus víctimas y todo ese dolor se refleja en el rostro agonizante.

Hoy, cuando los mercenarios suizos han cambiado sus vistosos uniformes por trajes con corbata y sus picas por smartphones de última generación; hoy, que guardan sus botines y el de tantos otros, en las cajas de sus bancos, no está de más detenerse un momento en la figura imponente del León de Lucerna para no olvidar nunca que incluso el más fiero de los leones puede perder la cabeza.

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2 comentarios en “LA AGONIA ETERNA DEL LEON DE LUCERNA

  1. He estado dos veces frente al León de Lucerna, pese a haber estudiado Historia y vivir de enseñarla no conocía la historia que dio lugar a su monumento y en los momentos en que lo vi por primera vez, no recordaba si había visto alguna vez la imagen por más que a Bertel Thorvaldsen se lo estudie y sea el segundo escultor del neoclasicismo (el primero es Antonio Canova). el asunto es que en mis primera visita me doy cuenta que estoy a un monumento que aunque recuerde a unos soldados muertos en cumplimiento de su deber (lo ejércitos del Antiguo Régimen, incluyendo el ejército español, estaban llenos de extranjeros, especialmente suizos, que es lo que más exportaban los valles alpinos helvéticos entre los siglos XVI y XVIII) me pareció que era un monumento que glorificaba de pasada también la monarquía absoluta y el Antiguo Régimen. Sé que no es así, pero eso es lo que me pareció entonces.
    Justo un año después tuve que pasar bastantes horas en Lucerna y mis circunstancias personales eran otras. Volví a visitar el monumento y lo observé mejor. Estaba mirándolo y fotografiandolo con detenimiento cuando un hombre, en francés, no entiendo mucho el alemán, supongo que de la propia Lucerna o suizo, me hizo darme cuenta de una cosa que ya me llamaba un tanto la atención. Me dijo que me fijara en la forma del hueco en la roca donde estaba el león moribundo, qué me parecía, a qué animal me recordaba. En efecto, al cerdo. Nunca he comprobado lo que me contó: que tras encargar el monumento a Thorvaldsen el ayuntamiento o el cantón de Lucerna no le pagó lo estipulado. Thorvaldsen puso su león, enmarcado por un cerdo, que es lo que le pareció que eran los habitantes de Lucerna.

    Gracias por seguir mi blog. Me ha hecho descubrir el tuyo, muy interesante y espero que se mantenga con muchas publicaciones futuras. No seguimos mutuamente 🙂

    • Gracias por tu comentario, realmente no había caído en ese detalle, no deja de ser una curiosa venganza.
      Yo tampoco conocía, el día que nos topamos con el, este verano, la dramática historia que se escondía tras la fiera herida.
      Pero a pesar de que el ambiente que nos rodeaba, con la algarabía turística de la que formábamos parte, no era el mas propicio, algo en él me conmovió.
      Por eso cuando conocí su autentico significado me fascinó, difícilmente se puede recoger en un solo gesto el dolor de tantos, al margen de las interpretaciones que cada uno le quiera dar.
      Como mero aficionado a la historia y bisoño en estas lides blogueras me hace mucha ilusión que te parezca interesante este pequeño proyecto que empezó hace un año, sin ninguna pretensión y en el que simplemente intento compartir algunas de las curiosidades que se cruzan en mi camino.
      Yo seguiré el tuyo para aprender de el.
      Luis.

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