Hofbrahaus & Eagle’s Nest, una burla histórica.

1 (3)Pasar por Munich, sin degustar una de sus comidas típicas regadas con abundante cerveza, en una de sus muchas cervecerías, es algo imperdonable para todo turista que se precie. Estos lugares son algo más que restaurantes, y por eso es necesario conocerlos para hacer una inmersión en Baviera.

Durante mucho tiempo han sido el centro social en el que, al calor de una o muchas jarras, los hombres de la tierra se reunían, se divertían y resolvían sus conflictos, hacían sus negocios y por supuesto, hablaban de política. Lugares vetados a las mujeres en los que las únicas hembras autorizadas a  compartir el espacio eran aquellas camareras de generoso escote e infinita habilidad, capaces de acarrear hasta seis jarras en una mano para satisfacer con presteza las necesidades de los bávaros sedientos.

En el corazón de la ciudad vieja nos encontramos con  Hofbräuhaus am Platzl, impresionante por sus cifras e impresionante por su historia. Sus orígenes como fábrica de cerveza se remontan a 1589 cuando el Duque Guillermo V de Baviera la estableció como proveedora de Weissbier  (cerveza blanca) a la familia real.

Pero como lugar de reunión tal como hoy la podemos disfrutar se empezó a utilizar a partir de 1828, momento en el que el Rey Luis I  firmó un decreto admitiendo al público en general. Desde entonces, sus salones que actualmente reciben la visita de unas 35.000 personas al día y son capaces de servir más de 10.000 litros de cerveza en una jornada, no han tenido un momento de descanso.

2Eran tiempos de algarabía en los que el olor debía ser nauseabundo, cuando los hombres pasaban días enteros bebiendo sin levantarse, desabrochándose esa curiosa ventana que llevan en la entrepierna sus pantalones tradicionales, para orinar sentados, tiempos en los a un toque determinado todos subían sobre las mesas para que las robustas muchachas baldearan con agua los suelos, y poder así continuar sin interrupción, en la eterna ceremonia de la embriaguez.

En la época actual, mezclados con los muniqueses, muchos de ellos vestidos con sus trajes típicos, nos sentamos cientos de turistas contemplando atónitos el frenético ritmo de las camareras, al son de la orquesta que toca sin parar.

Pero entre uno y otro momento estos salones han sido testigos de diversos acontecimientos y una época destaca entre todos ellos.

Fue aquí donde el 20 de febrero de 1920, en una reunión del Partido Obrero Alemán DAP, nacido un año antes, un desconocido Adolf Hitler cambió el nombre de la organización pasándose a llamar Partido Nacional Socialista Obrero Alemán o NSDAP y proclamó el Programa de 25 puntos por el que se regiría el partido hasta su prohibición. En definitiva, este lugar fue la cuna del nazismo.3

Después de degustar nuestro menú de salchichas y codillo, lo más típico de este lugar, regado con abundante cerveza y disfrutar de esa música machacona que convierte la comida en una fiesta, nos perderemos por los salones intentando buscar algún vestigio del pasado.

A pesar de que nada haga referencia a aquella oscura época, escaleras arriba, en la tercera planta, llegaremos al gran salón que, presidido por un austero escenario, fue testigo de las soflamas perversas que llevaron al mundo a vivir la mayor de las pesadillas.

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Estas paredes que un día cayeron bajo el poder destructor de las bombas y que hoy se levantan reconstruidas, fueron testigos de los primeros discursos de aquel pequeño austriaco que fue capaz de convencer a todo un pueblo para seguirle hasta lo más profundo de los infiernos.

Hoy, en aquella tercera planta, los turistas podemos presidir la mesa de un gran banquete y fotografiarnos levantando un montón de pesadísimas jarras, jugando a ser camareras teutonas por un momento.

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Pero a pesar de la lógica falta de referencias históricas, vale la pena detenerse un momento y contemplar desde lo alto el salón vacío para pensar un momento en lo que allí se vivió y en cuál fue su significado.

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10Cuando nos despedimos de aquel pintoresco lugar, apartando japoneses, que desde la puerta fotografían a los comensales sin decidirse a entrar, miro de reojo el techo del gran salón de la planta baja para descubrir, entre los dibujos entrelazados que lo adornan, los mal disimulados fantasmas del pasado entre  las cruces gamadas que durante años presidieron la vida de los que, como nosotros hoy, disfrutaron de la fiesta, y que hoy siguen allí camufladas y expectantes.

Después de pasar unos días descubriendo los rincones de la preciosa capital de Baviera, partimos hacia nuestra siguiente etapa en esta ruta veraniega en la que hemos decidido descubrir Europa a la sombra de los Alpes.

Nuestro destino será Salzburgo, la majestuosa ciudad de los Príncipes Obispos que vio nacer a Mozart.

11Pero por el camino decidimos desviarnos para visitar un pequeño pueblo cuyo sonoro nombre nos retrotrae a la historia más cercana. Berchesgaden, lugar elegido por Adolf Hitler para su descanso y sin duda, lugar donde se tomaron algunas de las decisiones más terribles del siglo XX. Hoy este coqueto pueblo bávaro es uno más de tantos cuidados con ese esmero del que solo los centroeuropeos son capaces, y nada, excepto unos frescos de dudoso gusto pintados en la plaza del ayuntamiento, hace alusión al pasado reciente.

12Berchesgaden mantiene un tono festivo lleno del azul y blanco que reafirma su identidad bávara. En realidad no es aquí exactamente donde debemos buscar las huellas del pasado sino en una zona montañosa próxima, Obersalzberg. Esta zona de maravillosas vistas y hermosos paisajes ya era un lugar de veraneo desde el siglo XIX, y cuando Adolf Hitler la visitó por primera vez en 1923 quedó encantado.

En 1928 alquiló la HausWachenfeld (Berghof) y en 1933 acabó comprándola para, a partir de ahí, ampliarla y mejorarla. A la sombra de su líder, otros miembros del partido como Bormann, Göring o Speer fueron adquiriendo propiedades en la zona de forma que entre 1935 y 1936 todos los residentes de Obersalzberg habían vendido sus propiedades o habían sido expulsados.

Finalmente se cerró al público y se convirtió en un complejo privado dotado de una serie de servicios para satisfacer las necesidades de los jerarcas nazis, además de contener las instalaciones militares necesarias para garantizar su seguridad. Se construyeron refugios antiaéreos y búnkeres subterráneos así como barracones para las SS.

De este lugar que albergó los días de asueto del Führer, acompañado en muchas ocasiones por Eva Braun, poco queda.

El efecto de los bombardeos de los aliados se completó, acabada la guerra, con la demolición de los edificios, en un intento de evitar cualquier tentación de convertir el lugar en destino de peregrinación de futuros neonazis.

De hecho, la única prueba reflejo de lo que allí hubo se encuentra junto a lo que hoy es un centro de interpretación del nazismo y que inaugurado en 1999 mediante la exposición de documentos, fotografías y otros testimonios intenta explicar lo que supuso para esta zona convivir con aquella realidad.

Integrado junto al edificio de la exposición se encuentra la entrada al complejo que formaba el mayor búnker de la zona. El laberinto de túneles se puede recorrer, e impresiona apreciar cómo algunas partes quedaron sin acabar y otras impecablemente rematadas, setenta años después, parecen recién abandonadas.

Pero aunque es difícil de entender, desafiando al tiempo y a la lógica de la victoria aliada, hay un lugar que permanece intacto y llegar a él resulta irresistible para cualquiera que se sienta atraído por el pasado. Sobre nuestras cabezas, en la cima del Kehlstein a 1834 metros de altura, se alza el Nido del Águila. 

Intacto, desafiante, este pequeño edificio construido en un sitio privilegiado, con unas vistas inigualables sobre las crestas alpinas, fue un regalo del partido nazi a Adolf Hitler en su cincuenta aniversario.

La idea de su construcción fue de Martín Bormann. Pretendía  tener un lugar aislado para celebrar reuniones, a la vez que quería impresionar a los diplomáticos extranjeros invitados a aquel lugar. Precisamente fue el embajador francés André Francois Poncet, el que después de una visita lo bautizó como Eagle´s Nest (Nido del Águila).

La razón de que hoy siga en pie no está clara y permitir que se haya convertido en una atracción turística visitado por miles de personas es más que discutible. En cualquier caso, nosotros no queremos perder la oportunidad de sentir la historia, por muy terrible que ésta sea.

Una larga pero rápida cola nos acerca hasta las taquillas en las que adquirimos los tickets para tomar el autobús que nos llevará por la carretera privada, de 6,5 Kilómetros hasta una explanada. Allí se abre el túnel de 150 metros excavado en la montaña y que conduce hasta el impresionante ascensor recubierto de bronce, espejos venecianos y cuero y con el que ascenderemos los últimos 124 metros de desnivel.

14Todo el recorrido que hemos realizado, rodeados de una multitud de turistas, se construyó en un plazo récord de trece meses.  El proyecto fue realizado por el profesor Todt, que dio nombre a la organización encargada de construir, entre otras, las defensas alemanas en el Muro del Atlántico. En la realización de la obra trabajaron 3.000 personas y tuvo un coste de 30 millones de marcos. Las condiciones de trabajo y el coste en vidas es inimaginable, solamente en la construcción del túnel del ascensor murieron doce personas.

Pero aquí estamos, después de una larga cola por el angustioso túnel, de paredes húmedas pero que parece recién construido.  Situados frente a puerta del imponente ascensor, la última espera se realiza en un hall con una gran cúpula de granito horadada en la roca, la luz es muy tenue y es fácil imaginar las esvásticas colgando de las paredes y los guardias firmes frente a las puertas.

A pesar de la surrealista situación, en un lugar atestado de voces y gritos de niños, yo sigo esperando al abrirse las puertas ante mí ver las caras de alguno de los mayores criminales de la humanidad.

Pero cuando por fin se abren, aquella máquina con su brillo dorado nos traga, es difícil hacerse a la idea del lujo que nos rodea, intacto después de tantos años, porque el ascensor está tan lleno que no hay hueco ni para moverse.15

El trayecto es breve y en un momento el ascensor nos vomita, salimos a la luz y contemplamos con nuestros ojos aquello que sin duda el pequeño ególatra austriaco contempló haciéndole sentirse, más que nunca, el dueño del mundo.

Parece  que Hitler apenas disfrutó de este lugar porque entre otras cosas tenía vértigo, pero estando aquí y admirando las cumbres que nos rodean cuesta creerlo, este es sin duda uno de esos lugares en los que cualquiera puede sentirse un privilegiado y seguramente aquellos megalómanos era lo que buscaban.

Una vez allí, liberarse de prejuicios y disfrutar es el mejor ejercicio que se puede hacer.

Comer al aire libre en la terraza del restaurante, pasear por el camino que te lleva hasta la cumbre del Kehlstein, disfrutar de las vistas desde la inmensa cruz que lo corona adornada con una grandiosa flor de Edelwais. Recorrer la terraza exterior que homenajea a las unidades aliadas que capturaron el lugar, identificar las estancias que en su día vimos en la serie Hermanos de Sangre cuando la compañía Easy lo conquistaba.

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Reconocer en lo que hoy es un lujoso restaurante la chimenea de mármol negro regalo de Mussolini, y descubrir en la pared al abandonar el salón un curioso graffiti con la leyenda “M.K 5-X-47”.

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“M.K 5-X-47”

Pero una vez hecho este sano ejercicio, volver a la realidad, y observar de nuevo ese gran salón, sentir los fantasmas de los que un día lo habitaron, revivir las escenas de viejas fotografías en los que Hitler, Himnler, Göering o Bormann se sentaban alrededor de estas mesas. Ver al Führer al lado de la chimenea, cerrar los ojos y oír sus voces, sus risas, mezcladas con las voces de los turistas con la mesa llena de souvenirs, cuando menos resulta un tanto obsceno.

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Y al final, cuando con un nudo en el estómago, volvemos a la cola del ascensor, una mirada atrás y la visión de las sombrillas que cubren la terraza, las sombrillas bajo las que hemos comido, sin darnos cuenta de que como banderas al viento, alardean de su marca, estandartes de la Hofbrahaus, la estupenda cerveza de Berlín, aquella con la que brindaron los nazis y que les bendijo el 20 de febrero de 1920, hasta llevarlos a la cima del mundo y que hoy como una macabra burla sigue ondeando en la cima del Kehlstein.

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Descendemos por el infame ascensor, con un sabor agridulce, y cuando miro a los que me rodean no puedo dejar de pensar en lo que pasará por sus cabezas, mientras por la mía se entrelazan las imágenes compartidas dos días atrás y una palabra resuena atronadora “Dachau”.

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2 comentarios en “Hofbrahaus & Eagle’s Nest, una burla histórica.

  1. Muy bonito el reportage..No he tenido ocasion de visitar la zona, pero la reconozco por todas las peliculas que se han rodado en ella..
    Hablando de cine : ” La cinta blanca ” explica como era la sociedad rural alemanda de la epoca, donde los nazis sembraron para recoger…..

    • Es una buena opcion utilizar el cine para entender la historia , siempre que el tratamiento sea objetivo, cosa bastante dificil. Podemos poner una sección en el blog para hablar de esto.
      Visitar el nido del Aguila es revivir la historia, pero hay que ir con la mente abierta porque sino puedes salir muy cabreado, siempre nos ponen a los alemanes de ejemplo cuando criticamos el Valle de los Caidos, y ellos tienen sutilmente aquella perversion en pie.

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